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viernes, 28 de enero de 2011

PRESENTACIÓN DE LOS ÍNDICES DE "VBEDA"





Hoy, a las 8 de la tarde y en el Hospital de Santiago, tendrá lugar la presentación de los ÍNDICES de la Revista VBEDA. Realizados por Ramón Beltrán, Diego de la Cruz Martínez y Antonio Almagro, los Índices de esta revista se convierten, según la Asociación “Alfredo Cazabán Laguna”, impulsora de esta importante iniciativa, en “un instrumento que permita el rápido acceso manual a los contenidos para todos los que dispongan de la colección y, lo que resulta aun más interesante, para quienes se hagan con la edición digital completa de la revista”, que está siendo preparada por la propia Asociación y que puede consultarse en su página web (http://www.vbeda.com/), el gran portal cultural de la ciudad.

De todos es conocida la relevancia cultural e histórica de la revista VBEDA, uno de los grandes referentes culturales de la Úbeda del siglo XX. Fundada en enero de 1950 a iniciativa de ese gran alcalde que fue Pedro Sola, Juan Pasquau Guerrero fue su director y alma mater durante los dieciocho años en los que se publicó. Por eso, el acercar esa revista al gran público es una de las más importantes tareas culturales realizadas en los últimos años, lo que demuestra el buen hacer de una Asociación que, como la “Alfredo Cazabán”, es poco dada al autobombo y apuesta por el trabajo serio, responsable y callado, que es el trabajo que finalmente cala hondo en la cultura de una ciudad.

Asimismo, la Asociación informa de que con este acto (en el cual se repartirán 100 cds con los Índices de VBEDA) se da el pistoletazo de salida al Club de Lectura “Antonio Machado”. Este Club de Lectura, ligado a la Biblioteca Pública “Juan Pasquau”, ha sido puesto en marcha por la Asociación “Alfredo Cazabán” (que se encargará del desarrollo de las actividades que le sean propias) gracias a la iniciativa y generosa aportación económica de Antonio Muñoz Molina; para el desarrollo de las actividades del mismo, el Ayuntamiento de Úbeda ha puesto a disposición una de las salas propias de la Biblioteca Municipal.

martes, 14 de diciembre de 2010

14 DE DICIEMBRE: "EL ALMA QUE ANDA EN AMOR"




“El alma que anda en amor, ni cansa ni se cansa”, escribe San Juan de la Cruz. Entonces ¿cómo podríamos cansarnos nosotros de leer, de escuchar, de aprender al mejor, al más grande sin duda de los poetas en lengua castellana? Aunque, en Juan de Yepes, lo de poeta es puro accidente, es añadidura y fleco de su entidad mayor de santo, de teólogo, de místico, de filósofo. En su discurso de ingreso en la Real Academia Española, bajo el título de Una hora de España, Azorín dijo nada menos que esto: “Nuestro ideal era tan elevado y legítimo como el ideal de los demás pueblos europeos. Es falso que Descartes sea superior a Santa Teresa y Kant a San Juan de la Cruz”.

Nunca penetraremos lo bastante en la selva de sugerencias ascéticas, místicas, filosóficas, poéticas de San Juan de la Cruz. Es asombrosa la feracidad de su mente. ¡Cómo nos hace falta su doctrina en esta hora confusa! Para este tiempo que abusa de la palabra amor antes de haber usado el amor, ¡cómo viene, como anillo al dedo, la doctrina de amor de Juan de Yepes! Porque el amor no es únicamente un sentimiento: necesita para vertebrarse, de una doctrina. El fraile carmelita, deshoja las rosas de su amor divino en sus poesías. ¿Qué es el Cántico sino una custodia de pétalos, una orfebral fragancia de suspiros, anhelos, adivinaciones, esperanzas, glorias y nostalgias? Esta explosión de fervores, este hervidero de intimidades puestas al fuego, que es el Cántico, se alisa, se encalma en pensamiento cuando Juan de la Cruz comenta palabra a palabra –en finísima exégesis, en un auto análisis– su poema. Sorprende, la mina de amor que el carmelita encuentra en esa especie de manto freático de la “sicología profunda”. Limpias aguas, sin lodo, transparentes. El ilustre Freud ¿ha estudiado alguna vez a San Juan de la Cruz?, ¿se ha inclinado sobre el brocal de su cisterna? Tanto da. Juan de Yepes no es un “ego” que limita al sur con el “ego” y al norte con el “superego”. San Juan de la Cruz es pensamiento empapado de teologales auxilios. Porque el espíritu en exilio “produce” el pensamiento como “contestación”. Dice el santo: “Un pensamiento del hombre vale más que todo el mundo”. Y añade: “Por tanto, sólo Dios es digno de Él”. Maravillosa conclusión. Escribía Valéry: “No conozco a ningún hombre que haya llegado hasta el final”. El reformador carmelita, sí; él sí ha ido, de derivación en derivación, al cabo último; él no se ha detenido; ha seguido hasta las últimas consecuencias. Buscando al amor con la verdad y a la verdad con el amor, se nos muestra como el alpinista de Dios en su Subida al Monte Carmelo. Despegando de la mundanidad que le estorba, es el genuino nauta que, arrojando lastre, encuentra en la Noche Oscura el auténtico medio divino que otorga a su alma la plena “disponibilidad”, la oquedad para la Gracia (¡Ah, la Gracia! Pegúy pensaba que la Gracia es la esencial juventud del hombre que, por naturaleza, decrece. Recrece la Gracia al hombre que, abandonado a sí mismo, se arruga en vejez, en costumbre, en rutina, en “cosa”). Y la fatiga ascética del ascenso, la oscuridad de la renuncia, se compensa en Juan de la Cruz con la luz de la Llama. Llama viva de amor que es llaga y cauterio.

He aquí la técnica que nos brinda el santo carmelita para una época que carece de amor y parlotea incansablemente de esos efectos del amor que son la libertad, la comprensión, la tolerancia, la fraternidad y la igualdad. Porque queremos los efectos, despreciando la causa. Y preconizamos amores que no pasan por Dios o le rodean en circunvalación artificiosa. ¿Por qué? El Doctor Extático sabe que al “atardecer nos examinarán en el amor”. Entonces ya su vida es una porfía incansable: “ Ni ya busco ganado, ni ya tengo otro oficio, que ya sólo en amor es mi ejercicio”, escribe en una estrofa sutilísima. Para remachar en prosa: “Donde no haya amor, pon amor y hallarás amor”. Y continuar: “¡Oh, dulcísimo amor de Dios mal conocido!, el que halló sus venas descansó...”

¡Hallar la vena del amor divino! Qué difícil se está poniendo, cuando buscamos la fe por caminos que no son los que Dios prepara. Pascal, escribía conmovedoramente: “Ponte de rodillas para que te entre la fe”. Pero, ¿quién pide hoy la fe de rodillas? Falta fe para la fe, y ustedes dispensen la perogrullada. Era el mismo Pascal quien escribía genialmente: “Dios está suficientemente desvelado en las Escrituras para que los que le busquen verdaderamente le encuentren. Y está lo suficientemente oculto para que los que no lo buscan con todo su corazón no lo encuentren”.

Buscar, buscar, porfiar, anhelar. Es el trabajo de la fe. Nuestro poeta santo lo ha dicho mejor que nadie: “Buscando mis amores / iré por esos campos y riberas / ni cogeré las flores / ni temeré a las fieras / y pasaré los fuertes y fronteras”.

Pero mil cristianos hay ya pululantes por ahí que no quieren saber nada de la mística. Que a la hora de adoptar una espiritualidad se contentan con el remedo del “medio divino” de Teilhard de Chardin (donde, como escribe Camón Aznar, “confluyen poéticas invocaciones y cursis logomaquias” en un “libro de alto lirismo y de vulgar sociología”) Mil cristianos que se quedan sin saber a este filósofo canonizado que Azorín no retiraría si hubiera que parangonarle –ya hemos reproducido sus palabras– con Kant o Descartes. Mil cristianos que no han paladeado jamás sus estrofas, que no se han puesto nunca a practicar, para el advenimiento del amor, la “técnica” del cantor de la “soledad sonora” y de la “música callada”...

Pero Juan de la Cruz es la invitación que no cesa. Quiere persuadirnos. Pide que hagamos “noche”, que apaguemos frivolidades, que la soledad no sea desierto sino campo fértil para la sonoridad de lo trascendente; que callen los ruidos y hagan sitio a la música honda e intrépida de los últimos fondos: música que traspasa los sonidos, que los calla, para transfigurarlos en ascuas del espíritu y así encandilar, así gritar “A las aves ligeras / leones, ciervos, gamos saltadores / montes, valles, riberas, / aguas, aires, ardores, / y miedos de las noches veladores”.

¡Si acudiésemos a su invitación! Pero su invitación es dura; “Para venir a lo que no sabes, has de ir por donde no sabes. Para venir a serlo todo, no quieras ser algo en nada”. Muchas exigencias en un tiempo para el que queremos a toda costa el abaratamiento de Dios.

JUAN PASQUAU. 14 de diciembre de 1972

martes, 23 de noviembre de 2010

PREMIO "ALFREDO CAZABÁN": EL JUAN PASQUAU DE ADELA TARIFA




Adela Tarifa Fernández (Cádiar, Granada, 1949) es Catedrática de Secundaria de Geografía e Historia, y desempeña su labor docente en el I.E.S. “San Juan de la Cruz” de Úbeda, ciudad a la que ha dedicado gran parte de su vasta labor investigadora. Es, igualmente, Consejera y actual Vice-Directora del Instituto de Estudios Giennenses y una de las historiadoras más prestigiosas de la provincia, condición ésta avalada por sus muchas publicaciones –de libros y artículos–. Todo esto la ha llevado a ser Académica correspondiente por Jaén de la Real Academia de la Historia, y es miembro de las reales academias de Ciencias, Bellas Artes y Nobles Letras de Córdoba, de la de Bellas Artes de San Telmo de Málaga y de la Alfonso X de Múrcia.


A su larga nómina de premios y reconocimientos, Adela Tarifa tiene que sumar ahora el Premio “Alfredo Cazabán” 2010, que le ha concedido la Diputación Provincial de Jaén por su importantísimo trabajo de investigación sobre la persona, la obra y la figura de Juan Pasquau. Durante bastante tiempo, Adela Tarifa ha investigado el archivo familiar y personal de Juan Pasquau, hasta reconstruir la trayectoria histórica de esta familia llegada a Úbeda del sur de Francia en el siglo XVIII, que daría a la historia ubetense algunos de los nombres más destacado y recordados por su humanidad de la política decimonónica y del primer tercio del siglo XX, para ahondar, de manera muy destacada, en la figura de Juan Pasquau, que es uno de los grandes intelectuales del siglo XX en Jaén.


Es de suponer que la publicación de este estudio sobre Juan Pasquau, premiado por la Diputación por “su originalidad y calidad”, sirva, de una vez, para que el conjunto de la provincia de Jaén, en general, y Úbeda, en particular, asuman la relevancia y la vigencia de los escritos y el pensamiento de Juan Pasquau, iniciándose así una recuperación de su obra que se traduzca en las necesarias publicaciones de la misma.

viernes, 2 de julio de 2010

MIGUEL PASQUAU HABLA DE JUAN PASQUAU



Continuando con el Ciclo de Conferencias sobre el Patrimonio Histórico, organizadas por el Área de Festejos del Excmo. Ayuntamiento de Úbeda como una de las actividades que conmemoran el VII Aniversario de la Declaración como Patrimonio de la Humanidad de la Pza. Vázquez de Molina, para esta tarde de viernes se ha programado una conferencia que versará sobre Juan Pasquau.

La construcción de Úbeda por Juan Pasquau es el título elegido por el conferenciante, Miguel Pasquau Liaño, Doctor en Derecho, Profesor de la Universidad de Granada, Magistrado del Tribunal Superior de Justicia de Andalucía... e hijo de Juan Pasquau.

La solvencia intelectual, literaria y jurídica de Miguel Pasquau está sobradamente acreditada. Eso convierte la reflexión que esta tarde vaya a realizar sobre la figura y la obra de su padre (uno de los más grandes ubetenses de todos los tiempos) en una cita ineludible para los amantes de la obra de Juan Pasquau, en particular, y para los amantes de Úbeda, en general. No en vano, la figura y la obra de Juan Pasquau pueden entenderse como una avanzadilla histórica en la reivindicación de la valía ingente del legado histórico ubetense o como un precursor de la difusión internacional de los valores propios de nuestros palacios, nuestros templos, nuestras casonas y nuestras calles antiguas. Pero además de eso, la obra de Juan Pasquau, desglosada en decenas y decenas de artículos dedicados a su ciudad natal y sintetizada en esa obra cumbre que es la Biografía de Úbeda, fija un canon moral para entender y comprender a Úbeda. Hay muchas maneras de aproximarse a Úbeda, pero hasta ahora la construcción que Juan Pasquau hace de la misma es la más “certera”, la más completa y, desde luego, la más sólida y coherente, por su manifiesta capacidad para integrar y vertebrar los mil prismas que componen ese grupo humano histórico llamado Úbeda.

Con todos estos mimbres, nos atrevemos a pensar que la de esta tarde es una conferencia que, más que reflexionar sobre el patrimonio histórico, lo que hará será mostrarnos como Juan Pasquau hiló muy fino, con infinita delicadeza, un discurso esencial sobre el metapatrimonio. Que es, sin duda, lo primero y más importante, porque conforma y da sentido a la mera agregación de piedras bellas que son los monumentos.

jueves, 10 de junio de 2010

1978. MUERE JUAN PASQUAU



Pasquau es uno de los más grandes escritores de Jaén

EL HOMBRE Y SUS CIRCUNSTANCIAS.

El 10 de junio de 1978 –el jueves próximo hará treinta y dos años– moría en la Clínica Puerta de Hierro de Madrid un hombre llamado Juan Pasquau Guerrero. Había nacido en Úbeda, en una casona familiar de la Calle Trinidad, el 21 de abril de 1918. Su padre fue Alcalde de Úbeda. Su abuelo –Antonio Pasquau y González de Castañeda– fue también Alcalde de Úbeda, aquel mítico alcalde que en las epidemias de cólera del siglo XIX vendió todos sus bienes para darle de comer a los hambrientos. (El mismo fue concejal del Ayuntamiento de Úbeda.) Se casó, mediada la década de los 50, con Rosa Liaño, una joven de La Coruña. Tuvieron tres hijos –Juan, Curro y Miguel–, no llegó a conocer a sus nietos. Maestro por vocación, ejerció como tal en las Escuelas Profesionales de la Sagrada Familia –honda huella dejó la obra del Padre Villoslada en Juan Pasquau– durante décadas, y luego como director del Colegio de “Las Explanadas”, y también enseñó en la Escuela de Artes y Oficios, todo en Úbeda: quienes fueron sus alumnos aún recuerdan su bondad, su exquisito trato, su sencilla sabiduría. Desde muy joven colaboró con la prensa, escribiendo artículos en “Jaén”, IDEAL de Granada y ABC, muchos de ellos verdaderas joyas literarias, densísimos de lírica y hondísimos de pensamiento (en su tarea periodística, asumió la tarea que a comienzos del siglo XX emprendieran Ortega y Unamuno de llevar la filosofía a la calle). Fundó y dirigió la Revista “Vbeda”, la empresa cultural más importante del siglo XX en Úbeda. En 1958 publicó su monumental “Biografía de Úbeda”. Bibliotecario Municipal hasta su muerte. Elemento fundamental en la creación y desarrollo del Instituto de Estudios Giennenses, del Instituto de Estudios Sanjuanistas, del Centro de Iniciativas Turísticas de Úbeda. Hermano de Jesús desde el 1 de abril de 1941, Alférez de la cofradía morada desde 1948 hasta el último Viernes Santo de su vida, unas semanas antes de morir, cuando, al llegar al Hospital de Santiago, le cedió el legendario Pendón de Jesús a su hijo Miguel y él se retiró a su casa, agotado, vestido con la túnica con la que se adentraría en las alamedas de lo eterno. Académico Correspondiente de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Cronista Oficial de Úbeda desde 1967. Hijo Predilecto de Úbeda desde 1968. Cruz de Alfonso X “El Sabio” en 1977, como reconocimiento a su labor educativa.

EL HOMBRE JUAN PASQUAU.

He ahí los datos de una vida. Los datos, tan fríos, tan objetivos, tan monótonos. Pero, ¿se agota Juan Pasquau en los datos? ¿Puede agotarse la dimensión, la figura, de Juan Pasquau en esa sucesión de datos, de tareas, de títulos, de méritos? No, no es posible, porque Juan Pasquau es más que un cúmulo de circunstancias y más que un dato: Juan Pasquau es un hombre, nada más y nada menos.. Un hombre entero. Complejo. Y el hombre... ¿puede agotarse en las frases hechas, puede definirse diciendo que es uno de los más grandes escritores giennenses de toda la historia, uno de los más grandes articulistas españoles del siglo XX, el ubetense más importante de los dos últimos siglos? ¿Puede el hombre Juan Pasquau acotarse con el recuento de su obra y de su legado? Ah, resulta imposible conocer así a Juan Pasquau; ni a él ni a ningún otro hombre con tanta densidad vital. Tan imposible, claro, como intentar descifrar y describir a la persona –a la persona, eh, no al personaje: los personajes siempre pueden despacharse en un artículo de periódico– en estas líneas. Porque detrás de todos esos datos, Juan Pasquau ocultaba una personalidad no arrolladora, pero sí conquistadora: para los que no lo conocimos es fácil recomponer a aquel hombre llamado Juan Pasquau, que no debió deslumbrar como un fogonazo pero que dejó una estela de luz que muy difícilmente podrá apagarse. “Juan Pasquau fue alguien que agotó y consumió su vida en ser persona, que vivió y se desvivió para serlo, porque tuvo la vocación y el genio de la vida personal”, ha escrito magistralmente Rafael Bellón. Tal vez por eso, por esa pasión de vivir a manos llenas –que es algo muy distinto a nuestro contemporáneo “vivir la vida”, tan huero–, Juanito Pasquau estaba menos atento a otras cosas, las menos importantes, y tal vez de ahí venga su proverbial despiste... como si la condición de despistado fuese casi inherente a las almas hondas y atentas a lo esencial.

El jueves, día 10, hará treinta años que se lo llevó, en un hospital madrileño, la púrpura trombocitopénica trombótica. Nuestros padres, nuestros abuelos, recuerdan –a buen seguro– el entierro de aquel hombre grande, verdaderamente multitudinario, recuerdan como sonaban los compases del “Miserere” y del Himno Nacional al paso del ataúd, el cortejo, las coronas... La pompa vana con la que disfrazamos la muerte de los hombres. Juan Pasquau estaba convencido de que resucitaría: no lo hemos dicho en la enumeración del primer párrafo, porque todo lo que ahí allí son circunstancias, pero Juan Pasquau Guerrero fue, sobre todo, un cristiano, y eso era para él una categoría, una sustancia íntima y personalísima. Sin todo lo demás, puede entenderse al hombre Pasquau, pero sin esa condición de creyente se nos desarma y se nos desdibuja su perfil vital. Socarrón, tierno, bueno, debía sonreír –o sonllorar– viendo su entierro, propio de hombre grande, como debe sonreír ahora –o reírse a carcajadas– al leer este artículo; preguntará porqué este recuerdo dirigido a un hombre muerto cuando él está vivo, resucitado en su fe para los que creen y, para todos, permanentemente aleteando en sus escritos.

REIVINDICACIÓN DE PASQUAU.

Urge volver a personas como Juan Pasquau, tan necesarias en estos tiempos donde todas las brújulas parecen machacadas por la rabia y la desorientación. Urge, claro, volver a tantos artículos maravillosos de Juan Pasquau: a esos artículos en los que describe con pasión serena a su Úbeda del alma, pero también a tantos pueblos de nuestra geografía –¡qué sorprendente capacidad la de Pasquau para desvelar lo oculto de Baeza, de Andujar, de Linares, de Cazorla, de Quesada, de Ibros...!–; a esos artículos en los que reflexiona sobre Dios y el hombre y sobre la política y sobre la sociedad y sobre las crisis y sobre la misma condición de la existencia, con una sensibilidad y una profundidad tal que no hay artículo suyo que no siga siendo válido, treinta años después de su muerte, para hacernos reflexionar y repensar nuestra condición de hombres postmodernos. Clarividencia del pensador sereno, intemporal por estar plenamente inmerso en las coordenadas históricas del tiempo. Y todo ello, con la virtud insuperable de que Juan Pasquau –hombre de creencias firmes– no impone sino que abre en cada una de sus páginas un diálogo con el lector.

Esa necesidad de Juan Pasquau, tres décadas después de su muerte, sólo es posible abordando sus escritos. Pero ocurre que las instituciones que debieran haber velado para que su obra escrita –el Ayuntamiento de Úbeda, el Instituto de Estudios Giennenses– se hubiera ido recopilando, se hubiera ido publicando, se hubiera puesto en manos del gran público, se han olvidado de Juan Pasquau. Para nosotros, Juan Pasquau es un hombre y su obra una referencia; para las instituciones, Juan Pasquau es una anécdota, un nombre. Tal vez, incluso, un estorbo, demasiado políticamente incorrecto. ¿Por qué no se ha hecho? ¿Estorba el pensamiento, estorba la independencia de Juan Pasquau? Si así fuera, treinta años después de que muriese, esa incomodidad causada al poder sólo haría reafirmar su urgencia, su necesidad. La exigencia de restaurar a Juan Pasquau.

(Manuel Madrid Delgado)

(Publicado en IDEAL el 6 de junio de 2010)

miércoles, 9 de junio de 2010

Estatuas y Monumentos. JUAN PASQUAU


La Cofradía de Jesús fue la impulsora del monumento

EL MONUMENTO ESCONDIDO.

Cuanto más debe una ciudad, un pueblo, a un hombre, más escándalo –escándalo moral– causa que la estatua con la que un día se decidió homenajear a ese hombre dormite olvidada, abandonada, en cualquier rincón, sin cuidado y casi escondida, como si avergonzase mostrarla en un lugar digno, en una encrucijada hecha para las vidas y las gentes. Eso ocurre, en Úbeda, con el monumento de Juan Pasquau. Monumento, cierto es, casi venido a menos, en el que destaca el espléndido busto –algo más que un busto, dijo Juan Luis Vasallo, su autor, pues tiene los dos brazos completos– del gran escritor; monumento al que le falta el complemento que aclimate la imagen en bronce de Pasquau, pues poco digna parece esa base sobre la que descansa y que se nos figura realizada por puro compromiso, porque en algún sitio tenía que situarse el busto. Si cuando salió adelante la iniciativa de realizar este homenaje a Juan Pasquau –iniciativa privada, muy tímidamente, pero muy tímidamente, impulsada por el Ayuntamiento– no hubo disposición económica para completar el monumento, ¿por qué no ahora, de una vez por todas, se acomete esta empresa y se le busca un lugar digno y visible a Juan Pasquau y se diseña un monumento que haga que su busto deje de estar expuesto sobre esa especie de bandeja pétrea?...

A la izquierda del patio central del Hospital de Santiago hay un patio más pequeño, macizo: el Patio de la Virgen, posiblemente llamado así porque una imagen mariana debió coronar la base de piedra que aún hay en el centro del mismo. Debajo de las arcadas de piedra, junto a la puerta que da acceso a la Biblioteca Pública que lleva su nombre, está situado el pedestal de piedra que sostiene el busto de Juan Pasquau. Aparcado allí, como si cualquier cosa, como si ese hombre eternizado por Vasallo en el bronce –la mano derecha acariciando la cara, en gesto pensativo, en gesto propio de un hombre hecho de meditaciones y silencios; la mano izquierda pasando las páginas de un libro–, no fuese el hombre que desveló la poesía oculta de Úbeda, y que construyó una Úbeda sin la cual no puede entenderse la realidad de la ciudad de los Cerros, porque desde Juan Pasquau, para entender a Úbeda hay que dialogar con la Úbeda de Juan Pasquau. Como si ese hombre no hubiese sido uno de los más grandes articulistas del siglo XX español. Como si ese hombre no fuera uno de los pensadores más finos y elegantes de la Guerra Civil para acá. Como si no fuese una personalidad ineludible en la realidad cultural del Jaén de los últimos cien años. Como si...

LA TAREA DE LA SOCIEDAD CIVIL.

Cuando Juan Pasquau moría –el 10 de junio de 1978– era Hermano Mayor de la Cofradía de Jesús Nazareno Andrés Carlos Martínez de las Peñas. Él y la Junta Directiva que presidía, y de la que era Vocal Juan Pasquau –el alférez de la Cofradía que orgulloso portaba el ancestral Pendón en el amanecer del Viernes Santo–, entendieron muy pronto que era necesario que Úbeda regalase un monumento a la memoria de Juan Pasquau. No era suficiente con que una calle, un colegio público o su Biblioteca Municipal ya hubiesen sido bautizadas con su nombre: gestos, esos, al fin y al cabo fáciles, que no requieren esfuerzos ni desvelos ni sacrificios, gestos para los que basta con un simple acuerdo municipal que no tiene más costo que el de los folios en que se escriben.

Libros de actas, polvorientos libros de cuentas, documentos, partituras, escrituras... carpetas azules cerradas con gomas y con etiquetas que identifican su contenido... El Archivo de la Cofradía de Jesús es una fuente inagotable para la curiosidad de los historiadores, alimentada por más de cuatro siglos de historia. En ese Archivo hay tres carpetas azules, mimadas por el entonces Secretario de la Cofradía –Antonio Vico, el gran amigo, el amigo del alma de Juan Pasquau–, que contienen toda la documentación relativa al monumento de Pasquau. Es curioso que esta documentación no se custodie en el Archivo Municipal, pero es que como hemos dicho el Ayuntamiento fue un simple convidado de piedra en este proyecto. Y es que el reconocimiento a Juan Pasquau nació de la sociedad civil, en uno de los últimos gestos de arrojo cívico que la siempre adormecida sociedad ubetense ha tenido.

Así, el 27 de enero de 1981 se reúne en la Sala de Profesores de la Escuela de Artes y Oficios la Comisión Pro-Monumento. La preside el Hermano Mayor de la Cofradía de Jesús, y asisten el pintor Domingo Molina (director de la Escuela), Eusebio Campos (director del Colegio Público que entonces todavía se denominaba “Francisco Franco” –hoy “Sebastián de Córdoba”–, del que Pasquau fue director), Diego Rodríguez Valdivia (director de SA.FA.), Natalio Rivas Sabater (Presidente del Centro de Iniciativas Turísticas de Úbeda), Joaquín López Sáez (delegado de la Asociación de Medios Informativos de Úbeda), José Dueñas Molina (en representación de la Asociación Cultural “Adelpha”), Pedro Nieto (en representación de la revista “Gavellar”), Juan Ramón Martínez Elvira (Consejero Local de Bellas Artes), Ramón Molina Navarrete (director de “Ibiut”) y el concejal Felipe Fernández Ordóñez. En esta primera reunión, los representantes de la sociedad civil acordaron tirar para adelante con el monumento de Juan Pasquau, encargando su realización a Juan Luis Vasallo, uno de los más grandes escultores del siglo XX. La empresa, era ambiciosa, pero todos eran conscientes de que Pasquau no merecía menos. Y se decide pedir al Ayuntamiento que el monumento se instale en el Rastro, debajo de la muralla, junto al torreón de la Santísima Trinidad.

ÚBEDA POR PASQUAU.

El 27 de octubre vuelve a reunirse la Comisión, a la que se habían adherido Bernardo López Aparicio (director de FP en SA.FA.), Alberto Coronado (aparejador municipal), José Fuentes Miranda (de la Asociación Cultural “Aznaitín”), Antonio del Castillo (amigo de Pasquau y bibliotecario municipal), y Antonio García Soria y Antonio Vico Hidalgo, destacados hermanos de la Cofradía de Jesús –alma mater del proyecto–, que actuarían respectivamente como Tesorero y Secretario de la Comisión. Ese día, Juan Luis Vasallo presenta su proyecto de busto, que resulta del agrado de todos. Y la Comisión se lanza a la tarea de recaudar fondos para poder sufragar el coste del monumento.

El 20 de octubre de 1983 vuelve a reunirse la Comisión, y a la misma asiste el nuevo Alcalde de Úbeda, Arsenio Moreno Mendoza, que propone que el monumento se ubique no en el Rastro sino en el patio de la Casa de la Tercia, lugar de las nuevas dependencias de la Biblioteca Municipal. Se aprueba la idea y se informa de que ya hay recaudadas más de 200.000 pesetas para el monumento. Pero hay que llegar hasta las 800.000 que cuesta realizar en bronce el busto de Juan Pasquau, y a comienzos de 1984 se manda al escultor un adelanto de 225.000 pesetas. No cesa en sus trabajos y desvelos la Comisión –rifas, donaciones...– y el 29 de diciembre, en el Teatro Ideal Cinema, se representa la obra “Úbeda, dama de sueños”, de Molina Navarrete: 35.000 pesetas más para la cuenta del monumento. Y así, poco a poco, la sociedad ubetense supo estar a la altura de las circunstancias y de la memoria de Pasquau y se recaudaron 833.500 pesetas, que dieron para pagarle a Vasallo y para costear la humilde peana de piedra que debía sostener el busto. Seguramente a los patrocinadores del monumento les habría gustado completar tan extraordinario busto con unos mejores complementos, pero el dinero no dio para más y los políticos –tan pródigos en sugerencias y en actos en los que ser fotografiados– no aflojaron el presupuesto municipal.

El caso es que el 8 de septiembre de 1986, festividad de la Virgen de Guadalupe, se inauguró el monumento de Pasquau en la Casa de la Tercia, lugar poco apropiado, por poco visible. Asistieron su familia y sus amigos y su Cofradía y la Comisión Pro-Monumento... y la Corporación Municipal y el Consejero de Cultura de la Junta de Andalucía. Hubo, supongo, discursos e himnos y recuerdos sinceros y alguna lágrima. Luego, cuando la Biblioteca se trasladó al Hospital de Santiago, el busto de Pasquau fue detrás de su Biblioteca y acabó aparcado en el Patio de la Virgen, a la espera de que algún día la sociedad civil de Úbeda –poco cabe esperar de sus corporaciones municipales– resucite y retome el proyecto de terminar un monumento digno para Juan Pasquau, en alguna calle o en alguna plaza del pueblo que tanto amó y que tanto le debe.

(Manuel Madrid Delgado)

(Publicado en IDEAL el 5 de junio de 2010)

martes, 5 de enero de 2010

RECORDANDO A JUAN PASQUAU




Son muchos los mortales que quedan huérfanos a muy temprana edad, en esa edad en la que más precisan de la ayuda de su progenitor, faltándoles el apoyo, la protección, el consejo, la educación, el cariño... Faltándoles su consoladora y gratificante sombra.

Yo fui uno de los que formó parte de esa desgarradora orfandad paterna. Concretamente el 26 de septiembre de 1963.

Empero, a diferencia de aquellos que ya no encontrarían jamás la añorada presencia y figura del patriarca del hogar, del cabeza de familia, del padre querido, tuve la inmensa dicha de contar con la mano firme y extendida, con la palabra diáfana y erudita, con la sonrisa clara y amorosa, con el afecto sincero y profundo de uno de los hombres más íntegros, buenos, sencillos e inteligentes que Úbeda nos ha brindado en los anales de su historia: Juan Pasquau Guerrero. A quien, desde aquellos instantes, consideré como mi segundo padre.

Llevado de la estrecha amistad que le unía con la rama de los Castillo y de los Vico, se acordó de mi modesta y apesadumbrada persona para designarme como auxiliar suyo en la Biblioteca Pública Municipal, situada, por entonces, en el magno patio renacentista del Ayuntamiento ubetense.

Por hallarse tan ligado a mi familia, yo conocía su ejemplar trayectoria literaria de brillantísimo escritor.

Ejercía como Profesor en las Escuelas Profesionales de la Sagrada Familia (no le agradaba en absoluto lo de “SA.FA.” que –según su fino olfato– “huele a plástico o a abono sintético”), había colaborado, desde muy joven, con sólo dieciséis años, en los periódicos locales “La Provincia” y “Vida Nueva”. Después fueron numerosísimos sus artículos en “Jaén”, “Patria” e “Ideal” de Granada, “Madrid”, “Blanco y Negro” y “ABC”, donde fue considerado, en este último, como uno de sus mejores articulistas. Fue premiado en la VI y VII Fiesta de la Poesía local, por sus trabajos “Comentario a San Juan de la Cruz” y “Úbeda monumental y turística”. Asimismo fue galardonado en diversas localidades de la provincia, recibiendo el preciado y delicado “Olivo de Oro”. Ostentaba el cargo de Concejal y el de Archivero-Bibliotecario de nuestras Casas Consistoriales, Consejero del Instituto de Estudios Giennenses. En el año 1950 fue fundador y director, durante dieciocho años, de la enjundiosa, pulcra, elegante y prestigiosa revista “VBEDA”. En ella nos deleitábamos con sus excelentes trabajos que firmaba con “Juan Pasquau”, las iniciales “J.P.”, “P” y los seudónimos de “Anselmo de Esponera” y “Miguel H. Uribe”. Pregona, en 1958, nuestra Semana Santa y, en dicho año, sale a la luz su obra cumbre “Biografía de Úbeda”, la más importante de cuantas se han publicado sobre nuestra prócer ciudad, toda vez que, además del rigor en el dato y en la fecha, se encuentra adobada de una prosa filosófica, nostálgica, costumbrista, castiza, popular y chispeante que hacen las delicias del lector por su incomparable amenidad. Uno de sus primeros ejemplares pasó a poder de mis padres, con una dedicatoria que nunca olvidaré. Con anterioridad había publicado “Polvo iluminado” (1949) y, posteriormente, “El espíritu de la escuela” (1962).

(CONTINUARÁ...)

ANTONIO DEL CASTILLO VICO

viernes, 1 de enero de 2010

FELIZ 2010



Habrá que prepararse para comenzar el nuevo año con talante sereno. A recorrerlo de manera que una impaciencia no ciegue la visión, no nos haga perder el norte. A ver y cosechar la mirada de cada instante, dejando para el instante siguiente la mirada siguiente. Se ve mejor el paisaje cuando se camina a pie. El tiempo también; también se ve mejor el tiempo cuando, poco a poco, lo transitamos mientras nos transita. Porque es eso: suelo móvil para nuestro movimiento. Y en acertar este juego de movimientos –el tiempo y cada uno– nos va la vida.

JUAN PASQUAU

miércoles, 23 de diciembre de 2009

TIEMPO DE TERNURA






Como no tenemos mejor manera de felicitarles la Navidad a todos los lectores de este blog y como a nosotros no nos avergüenza ni nos molesta hablar de Dios, ahí les dejamos unas bellísimas palabras de Juan Pasquau sobre estos días entrañables. FELIZ NAVIDAD.

El tiempo al fin y al cabo se compadece: es bueno. Avanza, pero da la ilusión de que regresa. “Regreso” es una palabra tranquilizante. Cualquiera, si no es un desarraigado, quiere volver, siempre, a algo. (“¿Volverás?”, preguntamos. Y sí; todo el mundo dice que volverá aunque no vuelva, aunque por piedad mienta. ¡Quién, al menos, no torna cada atardecer a su base tras la aventura o desventura diaria!)

El tiempo es irreversible, pero en vez de seguir la antipática línea recta se curva ciclos reparadores. Avanza, pero en espiral, intentando repetirse, imitándose. Por eso no hay días desconocidos, no hay amaneceres sin modelo. Lo original no abunda, porque la “novedad” no es nunca nueva. El sol de ayer es una copia anticipada del que iniciará mañana su carrera. Y, ¿qué son las estaciones sino el desagravio que el propio tiempo nos depara contra su propia andadura inexorable? Cada año, trescientas sesenta y cinco efemérides. Cada mañana, la seña de un quehacer y el santo de un recuerdo.

Así, es posible la esperanza. La esperanza frente al endurecimiento, frente a la mineralización de las cosas. Pensando en pesimista, este mundo –en el que entran las vidas de todos, las pasadas, las presentes y las futuras– da la sensación de un proceso de esclerosis. La edad (el mundo “está” cada día más joven, pero es mundo “es” cada día más viejo) está volviendo torpes los movimientos, ¡tan humanos!, de la ternura, del amor, de la comprensión diáfana. Ahora hay muchos “comprensivos” de gabinete, de laboratorio, afanados en cordialidades artificiosas, quizá porque se están secando las fuentes de la prístina bondad. Así se piensa en la hora pesimista, de la que Dios nos libre de caer en la tentación y, sin embargo, el tiempo nos devuelve periódicamente, precisamente en estos días, la ilusión de una ternura renovada. Es en la Navidad, fiesta que no pierde, a pesar de las ortopedias mundanizantes a que se la somete, su fina calidad de Mensaje.

Hace veinte siglos de aquella ternura de la Encarnación y el Nacimiento, de aquel empeño divino de iluminar por dentro al hombre. Si se persiste en seguir arguyendo en pesimista, habría que decir: “Señor, sin embargo, todo sigue aparentemente igual... El hombre se enamoró definitivamente de la tierra. Tú trajiste palabras demasiado limpias. El amor ha servido para nuestros discursos, para nuestra retórica, para nuestros convencionalismos: apenas para nuestras convicciones. No ha pasado de liviana asignatura de adorno. El hombre no cree en el amor, no lo ha estudiado de veras. Sobre todo, no se ha puesto a arar con el amor su propio corazón...”

Hace veinte siglos de aquella ternura. ¿Cederemos a la tentación escéptica? ¿Arrinconaremos a Dios como recuerdo?

No. No, porque esta vieja esclerosis, esta mineralización no es fatal; no es, como el tiempo, irreversible. No, porque Dios es Dios. ¿Por qué creer que la juventud ha muerto? En Roma acaba de promulgarse una nueva siembra.

Y, mirad, el tiempo tiene esto: cada año que se va nos lanza, antes de irse, un dardo de piedad; nos devuelve la consideración del misterio, como una invitación al regreso. He aquí nuestros días de ternura. Quizá una Navidad, no sabemos cuál, el mundo va a aceptar con voluntad firme su auténtico destino. No sabemos cuando, no sabemos cómo...

JUAN PASQUAU - ABC, 26 de diciembre de 1965

viernes, 18 de diciembre de 2009

PADRE INVIERNO




El “padre Invierno”. Lo simbolizan en un vetusto personaje de barba cana. Pero muy amable y con comprensiva sonrisa. Sin embargo, el invierno flagela. Diciembre castiga con vientos, heladas, lluvias, nieblas. Enero también. Febrero abre esperanzas azules entre sus nubes, pero es para que, luego, el chaparrón o el vendaval sea mayor, más intenso. Y marzo es terrible por sus coletazos... El invierno es bueno para los campos y malo para los pobres, se decía.

(...)

El Invierno es naturalmente Padre. Por eso no frivoliza jamás. Siempre enseña. El azul puro de enero es el más intenso de todos los azules. Y no hay Luna más limpia que la Luna de enero. Y ningunas mañanas exultan mejor que las radiantes de Navidad. Es, precisamente, porque antes, el Padre Invierno lava el Cielo y el Campo con la lluvia y lo purifica con los vientos y le trae escondida fertilidad y vida nueva bajo el mágico disfraz blanco de la nieve. La nieve –que no es “sudario”, sino manto germinal– trae además al suelo la ilusión de una inocencia perdida.

Y es que, a lo mejor, no está todo perdido. ¿Sigue el Invierno dando mazazos, y amorosamente flagelando, con sus “inclemencias”, precisamente para eso?

Hace frío. En el fondo el frío nos hace más felices, más íntimos, nos acerca más a nuestra condición. Es sano pasar frío. Siempre está luego el placer de calentarse. Lo menos natural es evitar de antemano y “a priori” el frío. Las calefacciones que quieren recibir nuestra incorporación a la vida cada mañana con un mimo, nos hacen, probablemente, no poco endebles de cuerpo y de espíritu. Mejor es flagelarnos cada amanecer con el agua fría. Pero una caricia termal, como la de la calefacción a todo gas, de entrada, nos asemeja a polluelos implumes. Es bueno el Padre Invierno que no quiere hijos mimados. Es bueno Dios que parece viejo, pero que vigila en las madrugadas gélidas, asomando su pureza entre el azul lejano de las crestas montañosas, o que ironiza –jugando a aparecer y esconderse– entre la hierba que rodea las torres de la ciudad.

Es bueno Dios que no se duerme y no se cansa de nosotros. Y, por eso, cada Diciembre nos trae con el frío, el regalo de su divinidad encarnada. Es lo que nos hace pensar que todo tiene todavía remedio.

El Padre Invierno, cariñosamente nos disciplina con su aparato de borrascas. En estos tiempos blandengues sabe castigar sabiamente, amorosamente, fértilmente. ¡Qué horrible sería una “eterna primavera”! Y qué cursi.

JUAN PASQUAU (Diario Jaén, 5 de diciembre de 1976)

martes, 10 de junio de 2008

HOMENAJE A JUAN PASQUAU



Se cumplen hoy treinta años de la muerte en Madrid de Juan Pasquau Guerrero, que había nacido el 21 de abril de 1918 en el seno de una familia de rancio abolengo y de gran tradición política (su padre, su abuelo y varios familiares suyos más fueron alcaldes de la ciudad), muy querida entre los ubetenses. Baste recordar en este sentido que su abuelo Antonio Pasquau y González de Castañeda, siendo alcalde de la ciudad en la última gran epidemia de cólera del siglo XIX, vendió todos sus bienes para paliar la miseria y el hambre de las clases populares; en recuerdo de este gesto se puso su nombre a la calle Trinidad (que oficialmente sigue llevando el nombre de tan ilustre alcalde, pues nadie lo ha cambiado posteriormente) y se acordó que su retrato presidiera el Salón de Plenos del Ayuntamiento, acuerdo que nunca se cumplió.

La labor cultural, literaria, filosófica y educativa de Juan Pasquau es ingente.

Dedicó su vida profesional al magisterio, cuyos estudios realizó por libre, implicándose personal y familiarmente en esa aventura educativa y cultural que fueron las Escuelas Profesionales de la Sagrada Familia. Luego aprobó las oposiciones al Cuerpo Nacional de Directores Escolares, y desde entonces dirigió varios Colegios en Úbeda. Fue profesor en la Escuela Universitaria de Magisterio y en la Escuela de Artes y Oficios de Ubeda. En artículos, conferencias y pequeños ensayos plasmó su personal concepción de la enseñanza y la educación En reconocimiento a sus méritos profesionales en el ámbito de la enseñanza recibió en 1977 la Cruz de Alfonso X El Sabio.

Fue también Director de la Biblioteca y del Archivo Municipal de Ubeda durante muchos años.

En el ámbito literario, Juan Pasquau puede considerarse legítimamente entre los mejores y más fecundos articulistas de su época a nivel nacional. Fue colaborador asiduo de los diarios “Jaén” (al que estuvo vinculado desde sus comienzos literarios, en 1941), ABC de Madrid (desde 1958) e “Ideal” de Granada (desde 1972). Más esporádicamente colaboró en otras muchas publicaciones, como “YA” de Madrid, ABC de Sevilla, “Ideal Gallego” de La Coruña, “El Norte de Castilla” de Valladolid, etc. Fundó la Revista literaria mensual “VBEDA”, de la que fue director y principal suministrador de contenidos durante 18 años, hasta su extinción. En dicha revista queda reflejada una valiosa crónica de la vida cultural y social de una pequeña ciudad en la España de los años 50 y 60 y sigue siendo la empresa cultural más ambiciosa y fecunda que ha tenido lugar en Úbeda en los últimos cien años.

Sus artículos –no se ha hecho un recuento exacto, pero podría darse una cifra aproximada de unos 2.000 publicados– abordan temas de todo género; literarios, pensamiento y opinión, crónicas, viajes, arte, religión, política, filosofía, pedagogía, vida cultural, espectáculos, costumbres, historia, libros, semblanzas personales, etc. Es de destacar la cantidad de artículos y trabajos referidos a la ciudad de Úbeda: en el libro “Biografía de Úbeda”, en la revista “VBEDA” y en numerosísimos artículos de prensa construyó una manera de pensar y concebir a Úbeda que hoy, treinta años después de su muerte, sigue vigente. En cierto modo, puede decirse Ubeda se ha esforzado en parecerse a como la concebía Juan Pasquau Guerrero.

Al margen de los artículos de prensa, en vida publicó las siguientes obras: como Biografía de Ubeda (1958), 1ª edición, Polvo iluminado (1948) (recopilación de artículos), Dos temas de Ubeda (1970), Cazabán, vigente (1972) (separata), Úbeda, Ciudad del Renacimiento Andaluz (1975), Cobos, Secretario del Emperador, Reseña de Ubeda (1971).

Como obras póstumas se han publicado Biografía de Ubeda (2ª edición) (1984), Temas de Jaén (1980), A la busca del hombre perdido (1987), Tiempo ganado (1988), Escuelas Profesionales de la Sagrada Familia: memoria de una época (2006).

Juan Pasquau, además de extraordinario escritor y pensador de talla, fue un hombre comprometido con la sociedad de su tiempo. Y eso se trasluce no sólo en sus muchos artículos sino también en los cargos que desempeñó a lo largo de su fecunda vida. Así, podemos destacar que fue Consejero de número del Instituto de Estudios Gienenses desde su fundación (1952), y Presidente de su Sección de Publicaciones; Académico Correspondiente de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, de Madrid (desde 1971); Cronista Oficial de Ubeda (desde 1968); miembro fundador del Instituto de Estudios Sanjuanistas de Ubeda; miembro de la Comisión asesora del Ministerio de Educación y Ciencia de Jaén; y Concejal del Excmo. Ayuntamiento de Ubeda desde 1960 a 1967.

Una vida tan generosa se vio recompensada con distinciones y reconocimientos como la Cruz de Alfonso X El Sabio en reconocimiento a sus méritos en la enseñanza (1977), el título de Hijo Predilecto de Ubeda (1970), la Medalla de Plata de la ciudad de Úbeda (1978) y varias decenas de premios literarios, entre los que destacan el Premio “Olivo de Oro”, en su edición de 1971, el Primer Premio Nacional Literario, por un artículo publicado en “ABC” (1962), el Premio Nacional de Periodismo de la Dirección General de Archivos y Bibliotecas (1963) o Premio extraordinario “Cronista Cazabán”, del Instituto de Estudios Giennenses (1972).

Hoy se cumplen treinta años de su muerte. En los primeros años Juan Pasquau obtuvo el reconocimiento de su ciudad y de sus gentes, que se plasmaron en varias iniciativas: la Biblioteca Municipal, un Colegio de Enseñanza y una calle llevan su nombre; y por suscripción popular se encargó al escultor Juan Luis Vasallo un busto de su figura que se instaló en Ubeda. Treinta años después, todavía no se ha abordado los más importantes reconocimiento y homenaje que puede hacerse a tan gran hombre como fue Juan Pasquau: dignificar la Biblioteca que lleva su nombre y a la que tantas horas dedicó y publicar su obra completa.

Por nuestra parte, sirva esta pequeña semblanza como homenaje de la Biblioteca Pública a uno de los más grandes hombres de la historia de Úbeda.

jueves, 8 de mayo de 2008

EXTRACTO DE UN ARTÍCULO DE JUAN PASQUAU



LA BIBLIOTECA, ÓRGANO DE CRECIMIENTO

(Premiado en concurso convocado en el B.O.E. de 10 de abril 1963,
con motivo de la Fiesta del Libro)

(…)

Otra cosa es el libro. La independencia del libro nos garantiza un escapismo. El único posible ahora... Su compañía, sigue siendo la mejor para pensar, para desprendernos de lo accidental en busca de lo esencial, para elevarnos de la anécdota a la categoría.

El libro no está regido por el ambiente; sorbe su sustancia, no de la circunstancia, sino de la entraña del autor. Y hay libros de todas las latitudes geográficas y de todas las latitudes del tiempo. Un libro es, siempre, un trozo de fervor insoluble, inatacable. Es ciencia, o historia, o literatura; pero, en cualquier caso, articula ideas y formula vivencias que permanecen, que no están sujetas a la versatilidad atmosférica. Son afirmaciones las suyas al margen del clima. Están ahí los libros, en los estantes, postulando en su quietud, creencias, verdades, pasiones que no devoran los siglos. Son tiendas para el refugio: habitáculos del alma que un día, rebelde, a su localización forzosa, quiere salir a pasear. Las páginas impresas, ¿no semejan continuadas avenidas para el lento deambular silencioso de la conciencia, parques acotados para el libre juego de la inteligencia, paisajes luminosos que asombran por su heterogénea riqueza, por su valiente orografía épica, lógica o lírica? Traen la voz olvidada de los muertos.

Todavía los libros son, gracias a Dios, insustituibles. Cuando se habla de elevar el nivel cultural de los pueblos y se postula en pro de su adelanto espiritual y material, hay que apelar a ellos como instrumentos de cultura, capaces de inyectar inquietud, sabiduría, sensibilidad. Su efecto estimulante es profundo. Diríase que otros instrumentos de cultura operan de una manera subcutánea; sólo el libro inocula vigor y trascendencia en las estructuras recónditas del alma.

(…) En el recinto de la biblioteca, los hombres aprenden su oficio de hombres porque ella es el taller que pule y afina idearios y normas, que otorga enseñanzas y regala al espíritu belleza. Nada de espectacular hay en la biblioteca donde todo es silencio y en la que los libros, sin reclamo, sin vocear la mercancía –por suerte no hay mercancías en la cultura– muestran modestamente su presencia. Es impresionante el silencio de la biblioteca y, sin embargo, ¡qué poblada está! Nunca estamos menos solos que cuando nos rodeamos de libros. El más insignificante (¿) volumen está presto para regalar su melodía a quien quiera percibirla. Maravillosa quietud y, no obstante, los libros no son muertos. Nada mas opuesto a un cementerio que la biblioteca. Cada libro, en su estante, aguarda con su caudal inmarcesible de palabras, ideas, juicios, relatos, sugerencias. Cada uno nos invita levemente, a ser su huésped durante unas horas. Todos brindan, graciosamente, remedios para algo... ¿Una botica", la biblioteca, para los males del hombre En ella se alinean soluciones de casi todas las preguntas; y todas las lacras sociales –la impiedad, la ignorancia, el embrutecimiento– pueden encontrar aquí su medicina. Y todos los venenos su triaca. (Claro está que cada libro reclama su lector, y que no todos los lectores están en condiciones de conocer el libro que necesitan. Pero ahí la misión de los bibliotecarios, verdaderos farmacopolas de la cultura).

Sobre todo, ¡que remedio la biblioteca en ciudades y pueblos, para este achaque de miopía que el ambiente –de que hablábamos al principio– nos induce! Vivimos entre las cuatro paredes de nuestras limitaciones sociales, profesionales, familiares, económicas; vivimos constreñidos, ligados a la circunstancia. ¿Qué pueden ver nuestros ojos en tan reducido ambiente?

El egoísmo –que es la miopía del espíritu– llegará indefectiblemente si no sabemos escapar, idealmente al menos, de nuestra situación. Yo no conozco medio mejor para la fuga que el libro, si no es el recurso religioso. Después del recinto del templo para el despliegue de nuestras ansias de eternidad, no hay lugar como el de la biblioteca: gimnasio que entrena y adiestra las facultades mentales. No puede mantenerse en forma a un pueblo que no sabe rezar y que desdeña el placer de leer.