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martes, 14 de diciembre de 2010

14 DE DICIEMBRE: "EL ALMA QUE ANDA EN AMOR"




“El alma que anda en amor, ni cansa ni se cansa”, escribe San Juan de la Cruz. Entonces ¿cómo podríamos cansarnos nosotros de leer, de escuchar, de aprender al mejor, al más grande sin duda de los poetas en lengua castellana? Aunque, en Juan de Yepes, lo de poeta es puro accidente, es añadidura y fleco de su entidad mayor de santo, de teólogo, de místico, de filósofo. En su discurso de ingreso en la Real Academia Española, bajo el título de Una hora de España, Azorín dijo nada menos que esto: “Nuestro ideal era tan elevado y legítimo como el ideal de los demás pueblos europeos. Es falso que Descartes sea superior a Santa Teresa y Kant a San Juan de la Cruz”.

Nunca penetraremos lo bastante en la selva de sugerencias ascéticas, místicas, filosóficas, poéticas de San Juan de la Cruz. Es asombrosa la feracidad de su mente. ¡Cómo nos hace falta su doctrina en esta hora confusa! Para este tiempo que abusa de la palabra amor antes de haber usado el amor, ¡cómo viene, como anillo al dedo, la doctrina de amor de Juan de Yepes! Porque el amor no es únicamente un sentimiento: necesita para vertebrarse, de una doctrina. El fraile carmelita, deshoja las rosas de su amor divino en sus poesías. ¿Qué es el Cántico sino una custodia de pétalos, una orfebral fragancia de suspiros, anhelos, adivinaciones, esperanzas, glorias y nostalgias? Esta explosión de fervores, este hervidero de intimidades puestas al fuego, que es el Cántico, se alisa, se encalma en pensamiento cuando Juan de la Cruz comenta palabra a palabra –en finísima exégesis, en un auto análisis– su poema. Sorprende, la mina de amor que el carmelita encuentra en esa especie de manto freático de la “sicología profunda”. Limpias aguas, sin lodo, transparentes. El ilustre Freud ¿ha estudiado alguna vez a San Juan de la Cruz?, ¿se ha inclinado sobre el brocal de su cisterna? Tanto da. Juan de Yepes no es un “ego” que limita al sur con el “ego” y al norte con el “superego”. San Juan de la Cruz es pensamiento empapado de teologales auxilios. Porque el espíritu en exilio “produce” el pensamiento como “contestación”. Dice el santo: “Un pensamiento del hombre vale más que todo el mundo”. Y añade: “Por tanto, sólo Dios es digno de Él”. Maravillosa conclusión. Escribía Valéry: “No conozco a ningún hombre que haya llegado hasta el final”. El reformador carmelita, sí; él sí ha ido, de derivación en derivación, al cabo último; él no se ha detenido; ha seguido hasta las últimas consecuencias. Buscando al amor con la verdad y a la verdad con el amor, se nos muestra como el alpinista de Dios en su Subida al Monte Carmelo. Despegando de la mundanidad que le estorba, es el genuino nauta que, arrojando lastre, encuentra en la Noche Oscura el auténtico medio divino que otorga a su alma la plena “disponibilidad”, la oquedad para la Gracia (¡Ah, la Gracia! Pegúy pensaba que la Gracia es la esencial juventud del hombre que, por naturaleza, decrece. Recrece la Gracia al hombre que, abandonado a sí mismo, se arruga en vejez, en costumbre, en rutina, en “cosa”). Y la fatiga ascética del ascenso, la oscuridad de la renuncia, se compensa en Juan de la Cruz con la luz de la Llama. Llama viva de amor que es llaga y cauterio.

He aquí la técnica que nos brinda el santo carmelita para una época que carece de amor y parlotea incansablemente de esos efectos del amor que son la libertad, la comprensión, la tolerancia, la fraternidad y la igualdad. Porque queremos los efectos, despreciando la causa. Y preconizamos amores que no pasan por Dios o le rodean en circunvalación artificiosa. ¿Por qué? El Doctor Extático sabe que al “atardecer nos examinarán en el amor”. Entonces ya su vida es una porfía incansable: “ Ni ya busco ganado, ni ya tengo otro oficio, que ya sólo en amor es mi ejercicio”, escribe en una estrofa sutilísima. Para remachar en prosa: “Donde no haya amor, pon amor y hallarás amor”. Y continuar: “¡Oh, dulcísimo amor de Dios mal conocido!, el que halló sus venas descansó...”

¡Hallar la vena del amor divino! Qué difícil se está poniendo, cuando buscamos la fe por caminos que no son los que Dios prepara. Pascal, escribía conmovedoramente: “Ponte de rodillas para que te entre la fe”. Pero, ¿quién pide hoy la fe de rodillas? Falta fe para la fe, y ustedes dispensen la perogrullada. Era el mismo Pascal quien escribía genialmente: “Dios está suficientemente desvelado en las Escrituras para que los que le busquen verdaderamente le encuentren. Y está lo suficientemente oculto para que los que no lo buscan con todo su corazón no lo encuentren”.

Buscar, buscar, porfiar, anhelar. Es el trabajo de la fe. Nuestro poeta santo lo ha dicho mejor que nadie: “Buscando mis amores / iré por esos campos y riberas / ni cogeré las flores / ni temeré a las fieras / y pasaré los fuertes y fronteras”.

Pero mil cristianos hay ya pululantes por ahí que no quieren saber nada de la mística. Que a la hora de adoptar una espiritualidad se contentan con el remedo del “medio divino” de Teilhard de Chardin (donde, como escribe Camón Aznar, “confluyen poéticas invocaciones y cursis logomaquias” en un “libro de alto lirismo y de vulgar sociología”) Mil cristianos que se quedan sin saber a este filósofo canonizado que Azorín no retiraría si hubiera que parangonarle –ya hemos reproducido sus palabras– con Kant o Descartes. Mil cristianos que no han paladeado jamás sus estrofas, que no se han puesto nunca a practicar, para el advenimiento del amor, la “técnica” del cantor de la “soledad sonora” y de la “música callada”...

Pero Juan de la Cruz es la invitación que no cesa. Quiere persuadirnos. Pide que hagamos “noche”, que apaguemos frivolidades, que la soledad no sea desierto sino campo fértil para la sonoridad de lo trascendente; que callen los ruidos y hagan sitio a la música honda e intrépida de los últimos fondos: música que traspasa los sonidos, que los calla, para transfigurarlos en ascuas del espíritu y así encandilar, así gritar “A las aves ligeras / leones, ciervos, gamos saltadores / montes, valles, riberas, / aguas, aires, ardores, / y miedos de las noches veladores”.

¡Si acudiésemos a su invitación! Pero su invitación es dura; “Para venir a lo que no sabes, has de ir por donde no sabes. Para venir a serlo todo, no quieras ser algo en nada”. Muchas exigencias en un tiempo para el que queremos a toda costa el abaratamiento de Dios.

JUAN PASQUAU. 14 de diciembre de 1972

jueves, 25 de febrero de 2010

EL PUENTE DE ARIZA: R.I.P.



Cuando en la década de los 90 el Ministerio de Medio Ambiente decidió “crear” el pantano del Giribaile, muchos temieron por la supervivencia de una obra única en la historia de la arquitectura y la ingeniería española del siglo XVI. Y es que cuajó cierto temor a que el bellísimo Puente de Ariza desapareciera bajo las aguas del pantano. En 1997, el Ministerio se encargó de apagar esos miedos: se destinaban 800 millones de pesetas para desmontar el puente, piedra a piedra, y trasladarlo al entorno del Santuario de la Virgen de Guadalupe. El puente, parecía, se había salvado.

Pero ni el puente ni los jiennenses vimos los 800 millones prometidos y el puente sigue en su sitio. Seguramente otra música le habría sonado al puente del milagro de los espárragos si hubiese estado en la Andalucía Andalucía, pero el estar en Jaén lo ha condenado a muerte. Y es que hoy el aspecto es desolador: el mayor temporal que se recuerda en nuestra tierra, y que ya dura varios meses, ha llenado el hasta ahora casi seco pantano del Giribaile y el Puente de Ariza se encuentra, desde el 24 de febrero, completamente desaparecido bajo las aguas. Ya sólo hay que esperar a que las humedades hagan su trabajo y pudran la piedra para que dentro de dos, tres, cuatro años, cuando las aguas vuelvan a bajar, el puente se desmorone y de él sólo queden un montón de ruinas mientras todos los políticos de todos los colores (en realidad todos son iguales) miran para otro lado sin ni siquiera ponerse colorados.

El Puente de Ariza ha muerto. ¡Viva el Puente de Ariza!

(La fotografía, del día 14 de febrero, se ha obtenido en el foro ubedaenlared. A fecha de hoy el puente está totalmente sumergido.)