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martes, 14 de diciembre de 2010

14 DE DICIEMBRE: "EL ALMA QUE ANDA EN AMOR"




“El alma que anda en amor, ni cansa ni se cansa”, escribe San Juan de la Cruz. Entonces ¿cómo podríamos cansarnos nosotros de leer, de escuchar, de aprender al mejor, al más grande sin duda de los poetas en lengua castellana? Aunque, en Juan de Yepes, lo de poeta es puro accidente, es añadidura y fleco de su entidad mayor de santo, de teólogo, de místico, de filósofo. En su discurso de ingreso en la Real Academia Española, bajo el título de Una hora de España, Azorín dijo nada menos que esto: “Nuestro ideal era tan elevado y legítimo como el ideal de los demás pueblos europeos. Es falso que Descartes sea superior a Santa Teresa y Kant a San Juan de la Cruz”.

Nunca penetraremos lo bastante en la selva de sugerencias ascéticas, místicas, filosóficas, poéticas de San Juan de la Cruz. Es asombrosa la feracidad de su mente. ¡Cómo nos hace falta su doctrina en esta hora confusa! Para este tiempo que abusa de la palabra amor antes de haber usado el amor, ¡cómo viene, como anillo al dedo, la doctrina de amor de Juan de Yepes! Porque el amor no es únicamente un sentimiento: necesita para vertebrarse, de una doctrina. El fraile carmelita, deshoja las rosas de su amor divino en sus poesías. ¿Qué es el Cántico sino una custodia de pétalos, una orfebral fragancia de suspiros, anhelos, adivinaciones, esperanzas, glorias y nostalgias? Esta explosión de fervores, este hervidero de intimidades puestas al fuego, que es el Cántico, se alisa, se encalma en pensamiento cuando Juan de la Cruz comenta palabra a palabra –en finísima exégesis, en un auto análisis– su poema. Sorprende, la mina de amor que el carmelita encuentra en esa especie de manto freático de la “sicología profunda”. Limpias aguas, sin lodo, transparentes. El ilustre Freud ¿ha estudiado alguna vez a San Juan de la Cruz?, ¿se ha inclinado sobre el brocal de su cisterna? Tanto da. Juan de Yepes no es un “ego” que limita al sur con el “ego” y al norte con el “superego”. San Juan de la Cruz es pensamiento empapado de teologales auxilios. Porque el espíritu en exilio “produce” el pensamiento como “contestación”. Dice el santo: “Un pensamiento del hombre vale más que todo el mundo”. Y añade: “Por tanto, sólo Dios es digno de Él”. Maravillosa conclusión. Escribía Valéry: “No conozco a ningún hombre que haya llegado hasta el final”. El reformador carmelita, sí; él sí ha ido, de derivación en derivación, al cabo último; él no se ha detenido; ha seguido hasta las últimas consecuencias. Buscando al amor con la verdad y a la verdad con el amor, se nos muestra como el alpinista de Dios en su Subida al Monte Carmelo. Despegando de la mundanidad que le estorba, es el genuino nauta que, arrojando lastre, encuentra en la Noche Oscura el auténtico medio divino que otorga a su alma la plena “disponibilidad”, la oquedad para la Gracia (¡Ah, la Gracia! Pegúy pensaba que la Gracia es la esencial juventud del hombre que, por naturaleza, decrece. Recrece la Gracia al hombre que, abandonado a sí mismo, se arruga en vejez, en costumbre, en rutina, en “cosa”). Y la fatiga ascética del ascenso, la oscuridad de la renuncia, se compensa en Juan de la Cruz con la luz de la Llama. Llama viva de amor que es llaga y cauterio.

He aquí la técnica que nos brinda el santo carmelita para una época que carece de amor y parlotea incansablemente de esos efectos del amor que son la libertad, la comprensión, la tolerancia, la fraternidad y la igualdad. Porque queremos los efectos, despreciando la causa. Y preconizamos amores que no pasan por Dios o le rodean en circunvalación artificiosa. ¿Por qué? El Doctor Extático sabe que al “atardecer nos examinarán en el amor”. Entonces ya su vida es una porfía incansable: “ Ni ya busco ganado, ni ya tengo otro oficio, que ya sólo en amor es mi ejercicio”, escribe en una estrofa sutilísima. Para remachar en prosa: “Donde no haya amor, pon amor y hallarás amor”. Y continuar: “¡Oh, dulcísimo amor de Dios mal conocido!, el que halló sus venas descansó...”

¡Hallar la vena del amor divino! Qué difícil se está poniendo, cuando buscamos la fe por caminos que no son los que Dios prepara. Pascal, escribía conmovedoramente: “Ponte de rodillas para que te entre la fe”. Pero, ¿quién pide hoy la fe de rodillas? Falta fe para la fe, y ustedes dispensen la perogrullada. Era el mismo Pascal quien escribía genialmente: “Dios está suficientemente desvelado en las Escrituras para que los que le busquen verdaderamente le encuentren. Y está lo suficientemente oculto para que los que no lo buscan con todo su corazón no lo encuentren”.

Buscar, buscar, porfiar, anhelar. Es el trabajo de la fe. Nuestro poeta santo lo ha dicho mejor que nadie: “Buscando mis amores / iré por esos campos y riberas / ni cogeré las flores / ni temeré a las fieras / y pasaré los fuertes y fronteras”.

Pero mil cristianos hay ya pululantes por ahí que no quieren saber nada de la mística. Que a la hora de adoptar una espiritualidad se contentan con el remedo del “medio divino” de Teilhard de Chardin (donde, como escribe Camón Aznar, “confluyen poéticas invocaciones y cursis logomaquias” en un “libro de alto lirismo y de vulgar sociología”) Mil cristianos que se quedan sin saber a este filósofo canonizado que Azorín no retiraría si hubiera que parangonarle –ya hemos reproducido sus palabras– con Kant o Descartes. Mil cristianos que no han paladeado jamás sus estrofas, que no se han puesto nunca a practicar, para el advenimiento del amor, la “técnica” del cantor de la “soledad sonora” y de la “música callada”...

Pero Juan de la Cruz es la invitación que no cesa. Quiere persuadirnos. Pide que hagamos “noche”, que apaguemos frivolidades, que la soledad no sea desierto sino campo fértil para la sonoridad de lo trascendente; que callen los ruidos y hagan sitio a la música honda e intrépida de los últimos fondos: música que traspasa los sonidos, que los calla, para transfigurarlos en ascuas del espíritu y así encandilar, así gritar “A las aves ligeras / leones, ciervos, gamos saltadores / montes, valles, riberas, / aguas, aires, ardores, / y miedos de las noches veladores”.

¡Si acudiésemos a su invitación! Pero su invitación es dura; “Para venir a lo que no sabes, has de ir por donde no sabes. Para venir a serlo todo, no quieras ser algo en nada”. Muchas exigencias en un tiempo para el que queremos a toda costa el abaratamiento de Dios.

JUAN PASQUAU. 14 de diciembre de 1972

jueves, 18 de noviembre de 2010

MUÑOZ MOLINA Y LA EDUCACIÓN




En el último número de la revista MERCURIO, editada por la Fundación José Manuel de Lara, se ha publicado un magnífico artículo de nuestro paisano Antonio Muñoz Molina. Dedicado este número a la educación en España, Muñoz Molina dice con la valentía, la sensatez y el espíritu cívico que le caracteriza cosas que muy pocas personas se atreven a decir en nuestro país y que, desgraciadamente, menos aún están dispuestas a oír.

Por su interés, os animamos a que leáis y difundáis este artículo a través de redes sociales, blogs y foros. Podéis leerlo pinchando directamente aquí: ARTÍCULO DE ANTONIO MUÑOZ MOLINA.

Igualmente os informamos de que estamos realizando las gestiones para poder recibir un número “apañado” de ejemplares de esta revista, muy interesante para los amantes de los libros, que se reparte gratuitamente la primera semana de cada mes. El objetivo es que los lectores que estén interesados puedan retirarla en la Biblioteca Municipal.

jueves, 10 de junio de 2010

1978. MUERE JUAN PASQUAU



Pasquau es uno de los más grandes escritores de Jaén

EL HOMBRE Y SUS CIRCUNSTANCIAS.

El 10 de junio de 1978 –el jueves próximo hará treinta y dos años– moría en la Clínica Puerta de Hierro de Madrid un hombre llamado Juan Pasquau Guerrero. Había nacido en Úbeda, en una casona familiar de la Calle Trinidad, el 21 de abril de 1918. Su padre fue Alcalde de Úbeda. Su abuelo –Antonio Pasquau y González de Castañeda– fue también Alcalde de Úbeda, aquel mítico alcalde que en las epidemias de cólera del siglo XIX vendió todos sus bienes para darle de comer a los hambrientos. (El mismo fue concejal del Ayuntamiento de Úbeda.) Se casó, mediada la década de los 50, con Rosa Liaño, una joven de La Coruña. Tuvieron tres hijos –Juan, Curro y Miguel–, no llegó a conocer a sus nietos. Maestro por vocación, ejerció como tal en las Escuelas Profesionales de la Sagrada Familia –honda huella dejó la obra del Padre Villoslada en Juan Pasquau– durante décadas, y luego como director del Colegio de “Las Explanadas”, y también enseñó en la Escuela de Artes y Oficios, todo en Úbeda: quienes fueron sus alumnos aún recuerdan su bondad, su exquisito trato, su sencilla sabiduría. Desde muy joven colaboró con la prensa, escribiendo artículos en “Jaén”, IDEAL de Granada y ABC, muchos de ellos verdaderas joyas literarias, densísimos de lírica y hondísimos de pensamiento (en su tarea periodística, asumió la tarea que a comienzos del siglo XX emprendieran Ortega y Unamuno de llevar la filosofía a la calle). Fundó y dirigió la Revista “Vbeda”, la empresa cultural más importante del siglo XX en Úbeda. En 1958 publicó su monumental “Biografía de Úbeda”. Bibliotecario Municipal hasta su muerte. Elemento fundamental en la creación y desarrollo del Instituto de Estudios Giennenses, del Instituto de Estudios Sanjuanistas, del Centro de Iniciativas Turísticas de Úbeda. Hermano de Jesús desde el 1 de abril de 1941, Alférez de la cofradía morada desde 1948 hasta el último Viernes Santo de su vida, unas semanas antes de morir, cuando, al llegar al Hospital de Santiago, le cedió el legendario Pendón de Jesús a su hijo Miguel y él se retiró a su casa, agotado, vestido con la túnica con la que se adentraría en las alamedas de lo eterno. Académico Correspondiente de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Cronista Oficial de Úbeda desde 1967. Hijo Predilecto de Úbeda desde 1968. Cruz de Alfonso X “El Sabio” en 1977, como reconocimiento a su labor educativa.

EL HOMBRE JUAN PASQUAU.

He ahí los datos de una vida. Los datos, tan fríos, tan objetivos, tan monótonos. Pero, ¿se agota Juan Pasquau en los datos? ¿Puede agotarse la dimensión, la figura, de Juan Pasquau en esa sucesión de datos, de tareas, de títulos, de méritos? No, no es posible, porque Juan Pasquau es más que un cúmulo de circunstancias y más que un dato: Juan Pasquau es un hombre, nada más y nada menos.. Un hombre entero. Complejo. Y el hombre... ¿puede agotarse en las frases hechas, puede definirse diciendo que es uno de los más grandes escritores giennenses de toda la historia, uno de los más grandes articulistas españoles del siglo XX, el ubetense más importante de los dos últimos siglos? ¿Puede el hombre Juan Pasquau acotarse con el recuento de su obra y de su legado? Ah, resulta imposible conocer así a Juan Pasquau; ni a él ni a ningún otro hombre con tanta densidad vital. Tan imposible, claro, como intentar descifrar y describir a la persona –a la persona, eh, no al personaje: los personajes siempre pueden despacharse en un artículo de periódico– en estas líneas. Porque detrás de todos esos datos, Juan Pasquau ocultaba una personalidad no arrolladora, pero sí conquistadora: para los que no lo conocimos es fácil recomponer a aquel hombre llamado Juan Pasquau, que no debió deslumbrar como un fogonazo pero que dejó una estela de luz que muy difícilmente podrá apagarse. “Juan Pasquau fue alguien que agotó y consumió su vida en ser persona, que vivió y se desvivió para serlo, porque tuvo la vocación y el genio de la vida personal”, ha escrito magistralmente Rafael Bellón. Tal vez por eso, por esa pasión de vivir a manos llenas –que es algo muy distinto a nuestro contemporáneo “vivir la vida”, tan huero–, Juanito Pasquau estaba menos atento a otras cosas, las menos importantes, y tal vez de ahí venga su proverbial despiste... como si la condición de despistado fuese casi inherente a las almas hondas y atentas a lo esencial.

El jueves, día 10, hará treinta años que se lo llevó, en un hospital madrileño, la púrpura trombocitopénica trombótica. Nuestros padres, nuestros abuelos, recuerdan –a buen seguro– el entierro de aquel hombre grande, verdaderamente multitudinario, recuerdan como sonaban los compases del “Miserere” y del Himno Nacional al paso del ataúd, el cortejo, las coronas... La pompa vana con la que disfrazamos la muerte de los hombres. Juan Pasquau estaba convencido de que resucitaría: no lo hemos dicho en la enumeración del primer párrafo, porque todo lo que ahí allí son circunstancias, pero Juan Pasquau Guerrero fue, sobre todo, un cristiano, y eso era para él una categoría, una sustancia íntima y personalísima. Sin todo lo demás, puede entenderse al hombre Pasquau, pero sin esa condición de creyente se nos desarma y se nos desdibuja su perfil vital. Socarrón, tierno, bueno, debía sonreír –o sonllorar– viendo su entierro, propio de hombre grande, como debe sonreír ahora –o reírse a carcajadas– al leer este artículo; preguntará porqué este recuerdo dirigido a un hombre muerto cuando él está vivo, resucitado en su fe para los que creen y, para todos, permanentemente aleteando en sus escritos.

REIVINDICACIÓN DE PASQUAU.

Urge volver a personas como Juan Pasquau, tan necesarias en estos tiempos donde todas las brújulas parecen machacadas por la rabia y la desorientación. Urge, claro, volver a tantos artículos maravillosos de Juan Pasquau: a esos artículos en los que describe con pasión serena a su Úbeda del alma, pero también a tantos pueblos de nuestra geografía –¡qué sorprendente capacidad la de Pasquau para desvelar lo oculto de Baeza, de Andujar, de Linares, de Cazorla, de Quesada, de Ibros...!–; a esos artículos en los que reflexiona sobre Dios y el hombre y sobre la política y sobre la sociedad y sobre las crisis y sobre la misma condición de la existencia, con una sensibilidad y una profundidad tal que no hay artículo suyo que no siga siendo válido, treinta años después de su muerte, para hacernos reflexionar y repensar nuestra condición de hombres postmodernos. Clarividencia del pensador sereno, intemporal por estar plenamente inmerso en las coordenadas históricas del tiempo. Y todo ello, con la virtud insuperable de que Juan Pasquau –hombre de creencias firmes– no impone sino que abre en cada una de sus páginas un diálogo con el lector.

Esa necesidad de Juan Pasquau, tres décadas después de su muerte, sólo es posible abordando sus escritos. Pero ocurre que las instituciones que debieran haber velado para que su obra escrita –el Ayuntamiento de Úbeda, el Instituto de Estudios Giennenses– se hubiera ido recopilando, se hubiera ido publicando, se hubiera puesto en manos del gran público, se han olvidado de Juan Pasquau. Para nosotros, Juan Pasquau es un hombre y su obra una referencia; para las instituciones, Juan Pasquau es una anécdota, un nombre. Tal vez, incluso, un estorbo, demasiado políticamente incorrecto. ¿Por qué no se ha hecho? ¿Estorba el pensamiento, estorba la independencia de Juan Pasquau? Si así fuera, treinta años después de que muriese, esa incomodidad causada al poder sólo haría reafirmar su urgencia, su necesidad. La exigencia de restaurar a Juan Pasquau.

(Manuel Madrid Delgado)

(Publicado en IDEAL el 6 de junio de 2010)

miércoles, 9 de junio de 2010

Estatuas y Monumentos. JUAN PASQUAU


La Cofradía de Jesús fue la impulsora del monumento

EL MONUMENTO ESCONDIDO.

Cuanto más debe una ciudad, un pueblo, a un hombre, más escándalo –escándalo moral– causa que la estatua con la que un día se decidió homenajear a ese hombre dormite olvidada, abandonada, en cualquier rincón, sin cuidado y casi escondida, como si avergonzase mostrarla en un lugar digno, en una encrucijada hecha para las vidas y las gentes. Eso ocurre, en Úbeda, con el monumento de Juan Pasquau. Monumento, cierto es, casi venido a menos, en el que destaca el espléndido busto –algo más que un busto, dijo Juan Luis Vasallo, su autor, pues tiene los dos brazos completos– del gran escritor; monumento al que le falta el complemento que aclimate la imagen en bronce de Pasquau, pues poco digna parece esa base sobre la que descansa y que se nos figura realizada por puro compromiso, porque en algún sitio tenía que situarse el busto. Si cuando salió adelante la iniciativa de realizar este homenaje a Juan Pasquau –iniciativa privada, muy tímidamente, pero muy tímidamente, impulsada por el Ayuntamiento– no hubo disposición económica para completar el monumento, ¿por qué no ahora, de una vez por todas, se acomete esta empresa y se le busca un lugar digno y visible a Juan Pasquau y se diseña un monumento que haga que su busto deje de estar expuesto sobre esa especie de bandeja pétrea?...

A la izquierda del patio central del Hospital de Santiago hay un patio más pequeño, macizo: el Patio de la Virgen, posiblemente llamado así porque una imagen mariana debió coronar la base de piedra que aún hay en el centro del mismo. Debajo de las arcadas de piedra, junto a la puerta que da acceso a la Biblioteca Pública que lleva su nombre, está situado el pedestal de piedra que sostiene el busto de Juan Pasquau. Aparcado allí, como si cualquier cosa, como si ese hombre eternizado por Vasallo en el bronce –la mano derecha acariciando la cara, en gesto pensativo, en gesto propio de un hombre hecho de meditaciones y silencios; la mano izquierda pasando las páginas de un libro–, no fuese el hombre que desveló la poesía oculta de Úbeda, y que construyó una Úbeda sin la cual no puede entenderse la realidad de la ciudad de los Cerros, porque desde Juan Pasquau, para entender a Úbeda hay que dialogar con la Úbeda de Juan Pasquau. Como si ese hombre no hubiese sido uno de los más grandes articulistas del siglo XX español. Como si ese hombre no fuera uno de los pensadores más finos y elegantes de la Guerra Civil para acá. Como si no fuese una personalidad ineludible en la realidad cultural del Jaén de los últimos cien años. Como si...

LA TAREA DE LA SOCIEDAD CIVIL.

Cuando Juan Pasquau moría –el 10 de junio de 1978– era Hermano Mayor de la Cofradía de Jesús Nazareno Andrés Carlos Martínez de las Peñas. Él y la Junta Directiva que presidía, y de la que era Vocal Juan Pasquau –el alférez de la Cofradía que orgulloso portaba el ancestral Pendón en el amanecer del Viernes Santo–, entendieron muy pronto que era necesario que Úbeda regalase un monumento a la memoria de Juan Pasquau. No era suficiente con que una calle, un colegio público o su Biblioteca Municipal ya hubiesen sido bautizadas con su nombre: gestos, esos, al fin y al cabo fáciles, que no requieren esfuerzos ni desvelos ni sacrificios, gestos para los que basta con un simple acuerdo municipal que no tiene más costo que el de los folios en que se escriben.

Libros de actas, polvorientos libros de cuentas, documentos, partituras, escrituras... carpetas azules cerradas con gomas y con etiquetas que identifican su contenido... El Archivo de la Cofradía de Jesús es una fuente inagotable para la curiosidad de los historiadores, alimentada por más de cuatro siglos de historia. En ese Archivo hay tres carpetas azules, mimadas por el entonces Secretario de la Cofradía –Antonio Vico, el gran amigo, el amigo del alma de Juan Pasquau–, que contienen toda la documentación relativa al monumento de Pasquau. Es curioso que esta documentación no se custodie en el Archivo Municipal, pero es que como hemos dicho el Ayuntamiento fue un simple convidado de piedra en este proyecto. Y es que el reconocimiento a Juan Pasquau nació de la sociedad civil, en uno de los últimos gestos de arrojo cívico que la siempre adormecida sociedad ubetense ha tenido.

Así, el 27 de enero de 1981 se reúne en la Sala de Profesores de la Escuela de Artes y Oficios la Comisión Pro-Monumento. La preside el Hermano Mayor de la Cofradía de Jesús, y asisten el pintor Domingo Molina (director de la Escuela), Eusebio Campos (director del Colegio Público que entonces todavía se denominaba “Francisco Franco” –hoy “Sebastián de Córdoba”–, del que Pasquau fue director), Diego Rodríguez Valdivia (director de SA.FA.), Natalio Rivas Sabater (Presidente del Centro de Iniciativas Turísticas de Úbeda), Joaquín López Sáez (delegado de la Asociación de Medios Informativos de Úbeda), José Dueñas Molina (en representación de la Asociación Cultural “Adelpha”), Pedro Nieto (en representación de la revista “Gavellar”), Juan Ramón Martínez Elvira (Consejero Local de Bellas Artes), Ramón Molina Navarrete (director de “Ibiut”) y el concejal Felipe Fernández Ordóñez. En esta primera reunión, los representantes de la sociedad civil acordaron tirar para adelante con el monumento de Juan Pasquau, encargando su realización a Juan Luis Vasallo, uno de los más grandes escultores del siglo XX. La empresa, era ambiciosa, pero todos eran conscientes de que Pasquau no merecía menos. Y se decide pedir al Ayuntamiento que el monumento se instale en el Rastro, debajo de la muralla, junto al torreón de la Santísima Trinidad.

ÚBEDA POR PASQUAU.

El 27 de octubre vuelve a reunirse la Comisión, a la que se habían adherido Bernardo López Aparicio (director de FP en SA.FA.), Alberto Coronado (aparejador municipal), José Fuentes Miranda (de la Asociación Cultural “Aznaitín”), Antonio del Castillo (amigo de Pasquau y bibliotecario municipal), y Antonio García Soria y Antonio Vico Hidalgo, destacados hermanos de la Cofradía de Jesús –alma mater del proyecto–, que actuarían respectivamente como Tesorero y Secretario de la Comisión. Ese día, Juan Luis Vasallo presenta su proyecto de busto, que resulta del agrado de todos. Y la Comisión se lanza a la tarea de recaudar fondos para poder sufragar el coste del monumento.

El 20 de octubre de 1983 vuelve a reunirse la Comisión, y a la misma asiste el nuevo Alcalde de Úbeda, Arsenio Moreno Mendoza, que propone que el monumento se ubique no en el Rastro sino en el patio de la Casa de la Tercia, lugar de las nuevas dependencias de la Biblioteca Municipal. Se aprueba la idea y se informa de que ya hay recaudadas más de 200.000 pesetas para el monumento. Pero hay que llegar hasta las 800.000 que cuesta realizar en bronce el busto de Juan Pasquau, y a comienzos de 1984 se manda al escultor un adelanto de 225.000 pesetas. No cesa en sus trabajos y desvelos la Comisión –rifas, donaciones...– y el 29 de diciembre, en el Teatro Ideal Cinema, se representa la obra “Úbeda, dama de sueños”, de Molina Navarrete: 35.000 pesetas más para la cuenta del monumento. Y así, poco a poco, la sociedad ubetense supo estar a la altura de las circunstancias y de la memoria de Pasquau y se recaudaron 833.500 pesetas, que dieron para pagarle a Vasallo y para costear la humilde peana de piedra que debía sostener el busto. Seguramente a los patrocinadores del monumento les habría gustado completar tan extraordinario busto con unos mejores complementos, pero el dinero no dio para más y los políticos –tan pródigos en sugerencias y en actos en los que ser fotografiados– no aflojaron el presupuesto municipal.

El caso es que el 8 de septiembre de 1986, festividad de la Virgen de Guadalupe, se inauguró el monumento de Pasquau en la Casa de la Tercia, lugar poco apropiado, por poco visible. Asistieron su familia y sus amigos y su Cofradía y la Comisión Pro-Monumento... y la Corporación Municipal y el Consejero de Cultura de la Junta de Andalucía. Hubo, supongo, discursos e himnos y recuerdos sinceros y alguna lágrima. Luego, cuando la Biblioteca se trasladó al Hospital de Santiago, el busto de Pasquau fue detrás de su Biblioteca y acabó aparcado en el Patio de la Virgen, a la espera de que algún día la sociedad civil de Úbeda –poco cabe esperar de sus corporaciones municipales– resucite y retome el proyecto de terminar un monumento digno para Juan Pasquau, en alguna calle o en alguna plaza del pueblo que tanto amó y que tanto le debe.

(Manuel Madrid Delgado)

(Publicado en IDEAL el 5 de junio de 2010)

martes, 9 de febrero de 2010

POR LA LECTURA



Cuando yo era un muchacho, en la España de 1931, vivía en Aranjuez un Maestro Nacional llamado D. Justo G. Escudero Lezamit. A punto de jubilarse, acudía a la escuela incluso los sábados por la mañana aunque no tenía clases porque allí, en un despachito que le habían cedido, atendía su biblioteca circulante. Era suya porque la había creado él solo, con libros donados por amigos, instituciones y padres de alumnos. Sus 'clientes' éramos jóvenes y adultos, hombres y mujeres a quienes sólo cobraba cincuenta céntimos al mes por prestar a cada cual un libro a la semana. Allí descubrí a Dickens y a Baroja, leí a Salgari y a Karl May.

Muchos años después hice una visita a un bibliotequita de un pueblo madrileño. No parecía haber sido muy frecuentada, pero se había hecho cargo recientemente una joven titulada quien había ideado crear un rincón exclusivo para los niños con un trozo de moqueta para sentarlos. Al principio las madres acogieron la idea con simpatía porque les servía de guardería. Tras recoger a sus hijos en el colegio los dejaban allí un rato mientras terminaban de hacer sus compras, pero cuando regresaban a por ellos, no era raro que los niños, intrigados por el final, pidieran quedarse un ratito más hasta terminar el cuento que estaban leyendo. Durante la espera, las madres curioseaban, cogían algún libro, lo hojeaban y a veces también ellas quedaban prendadas. Tiempo después me enteré de que la experiencia había dado sus frutos: algunas lectoras eran mujeres que nunca habían leído antes de que una simple moqueta en manos de una joven bibliotecaria les descubriera otros mundos. Y aún más años después descubrí otro prodigio en un gran hospital de Valencia. La biblioteca de atención al paciente, con la que mitigan las largas esperas y angustias tanto de familiares como de los propios enfermos, fue creada por iniciativa y voluntarismo de una empleada. Con un carrito del supermercado cargado de libros donados, paseándose por las distintas plantas, con largas peregrinaciones y luchas con la administración intentando convencer a burócratas y médicos no siempre abiertos a otras consideraciones, de que el conocimiento y el placer que proporciona la lectura puede contribuir a la curación, al cabo de los años ha logrado dotar al hospital y sus usuarios de una biblioteca con un servicio de préstamos y unas actividades que le han valido, además del prestigio y admiración de cuantos hemos pasado por ahí, un premio del gremio de libreros en reconocimiento a su labor en favor del libro.

Evoco ahora estos tres de entre los muchos ejemplos de tesón bibliotecario, al enterarme de que resurge la amenaza del préstamo de pago. Se pretende obligar a las bibliotecas a pagar 20 céntimos por cada libro prestado en concepto de canon para resarcir –eso dicen– a los autores del desgaste del préstamo.

Me quedo confuso y no entiendo nada. En la vida corriente el que paga una suma es porque: a) obtiene algo a cambio; b) es objeto de una sanción.

Y yo me pregunto: ¿qué obtiene una biblioteca pública, una vez pagada la adquisición del libro para prestarlo? ¿O es que debe ser multada por cumplir con su misión, que es precisamente ésa, la de prestar libros y fomentar la lectura?

Por otro lado, ¿qué se les desgasta a los autores en la operación? ¿Acaso dejaron de cobrar por el libro? ¿Se les leerá menos por ser lecturas prestadas? ¿Venderán menos o les servirá de publicidad el préstamo como cuando una fábrica regala muestras de sus productos? Pero, sobre todo: ¿Se quiere fomentar la lectura? ¿Europa prefiere autores más ricos pero menos leídos? No entiendo a esa Europa mercantil. Personalmente prefiero que me lean y soy yo quien se siente deudor con la labor bibliotecaria en la difusión de mi obra.

Sépanlo quienes, sin preguntarme, pretenden defender mis intereses de autor cargándose a las bibliotecas. He firmado en contra de esa medida en diferentes ocasiones y me uno nuevamente a la campaña.

¡NO AL PRÉSTAMO DE PAGO EN BIBLIOTECAS!

JOSÉ LUIS SAMPEDRO

(Revista IBIUT, núm. 165, Año XXIX, diciembre 2009)

martes, 2 de febrero de 2010

EL FONDO ROMERO DE TORRES



UN BALUARTE CONTRA LA DESTRUCCIÓN

El siglo XIX resultó catastrófico para el patrimonio histórico y artístico español, en general, y jiennense, en particular. La invasión de los franceses –primero–, la desamortización de Mendizábal –después– y un errático concepto de la modernidad contribuyeron a la destrucción y desaparición de cientos, miles de iglesias, conventos, ermitas y oratorios en todo el antiguo reino de Jaén, y al expolio, pérdida o expatriación de una cantidad incontable de retablos, imágenes, ornamentos o cuadros, algunos de ellos de valor incalculable. El caso es que con los ecos todavía vivos de la sacudida que supuso el Desastre del 98, en junio de 1900 el Ministerio de Fomento promulga un Real Decreto que dispone que se lleve a cabo “la catalogación completa y ordenada de las riquezas históricas o artísticas de la nación”. De esa voluntad conservacionista y rescatadora de nuestro patrimonio, nace el Fondo Fotográfico Romero de Torres, que acumula varios cientos de fotografías de grandísimo valor documental.

En la Biblioteca del Instituto de Estudios Giennenses se acumulan los libros, los legajos, los papeles de toda época. Y allí, escondidas en algún lugar casi insondable, como uno de los grandes tesoros de esa Biblioteca, se custodia una copia de las fotografías –las originales están en el Instituto Velásquez del CSIC, en Madrid– que en 1913 realizara por toda la provincia Enrique Romero de Torres, hermano del célebre pintor cordobés. En esas fotografías en blanco y negro, realizadas seguramente con una parsimonia y profesionalidad de artista y de investigador que hoy es muy difícil encontrar, encontramos casonas desaparecidas, viejos palacios que se tragó el desarrollismo franquista, iglesias arrasadas por el furor de 1936, cuadros o imágenes o cálices o custodias que perecieron en las llamas de la historia, plazas tan cambiadas que hoy a penas podemos reconocerlas y que en esas fotografías brillantes pese a tener casi un siglo nos devuelven una imagen romántica de nuestras ciudades, de una época en la que eran más pobres y posiblemente más sucias pero ciertamente más hermosas. Allí hay calles y edificios y obras de arte de muchos lugares de la provincia: las ruinas de Encina Hermosa de Alcalá la Real, la necrópolis ibérica de Torredelcampo, unas cuevas inexploradas de Bedmar o de Valdepeñas, el capitel árabe de una casa particular de Jaén, una talla de San José y el Niño de Los Villares, la vista del órgano y el coro de la Catedral baezana, una casulla bordada en sedas de colores en Begíjar o la custodia francesa de la antigua Colegiata de Úbeda… y así hasta más de setecientas fotografías.

EMPEÑO Y DIFICULTADES DE ROMERO DE TORRES

La disposición ministerial de 1900 establecía que el catálogo de una provincia no se realizara mientras no se hubiera terminado el de la anterior. Jaén tuvo que esperar hasta 1913 para ver cómo se acometía la empresa de fotografiar sus riquezas. Así, el 30 de enero de ese año una Orden ministerial le encomienda la tarea de catalogar el patrimonio de Jaén a Enrique Romero de Torres, que ya había realizado esa tarea en Cádiz y que era Director del Museo Provincial de Córdoba. Se le da un plazo de ocho meses para llevar a cabo su tarea, pero poco después una nueva Orden amplía el plazo hasta un año, que finalmente también resultaría insuficiente. El Ministerio pide a las autoridades de la provincia y a los ayuntamientos que faciliten la labor de su comisionado.

Romero de Torres era un hombre responsable y serio. Antes de llegar a nuestra tierra se prepara en la Biblioteca y el Archivo Histórico nacionales, y en las academias de la Historia y de Bellas Artes de San Fernando. Luego, ya en Jaén, visita –si le dejan– los archivos municipales, notariales, parroquiales, conventuales… para bien documentarse acerca de la historia del pueblo en que se encuentra y de los bienes dignos de ser catalogados en cada lugar. Por desgracia, tan pródigo esfuerzo no fue siempre recompensado y entendido. Hasta octubre de 1913 no da el Obispado orden a sus curas de que faciliten el trabajo de Romero de Torres, permitiéndole visitar los templos y facilitándole las tareas “sacar copias fotográficas” de los retablos, cuadros o esculturas que en dichos templos existan. Y es en ese mismo mes cuando el gobernador civil da orden a los alcaldes de que “atiendan y presten los auxilios que necesite para el buen desempeño de su misión”. Y pese a todo, ni Ministerio, ni Obispado ni Gobierno Civil vencieron la resistencia y ciega visión de muchos curas y alcaldes y notarios, que torpedearon la tarea de Romero de Torres. Es paradigmático el caso de la propia Catedral de Jaén, donde los canónigos se niegan a que Romero pueda mover, a su costa, ningún cuadro u objeto litúrgico para realizar mejores fotografía. Y en otros municipios se encuentra permanentemente cerrados los templos que visita .

El desánimo debió cundir en el catalogador, que reconocería en su Memoria que doce meses era un plazo insuficiente para visitar los 135 pueblos de la provincia, a los que sumaba despoblados y ruinas dignos de ser catalogados. Hablaba del pésimo estado de las vías de comunicación, que le había impedido llegar a las zonas más apartadas de Jaén, como eran los partidos judiciales de Cazorla o Huelma. Relata las dificultades encontradas para fotografiar monumentos y joyas artísticas, pero agradece la consideración y colaboración de todas esas personas que sí se habían volcado con esta iniciativa –tal vez la iniciativa cultural más importante de toda la historia de Jaén– y, reconociendo la extraordinaria dimensión del patrimonio histórico y monumental de esta tierra, reconoce que su trabajo es necesariamente sucinto para de este modo haber podido abarcar más pueblos; y llega a decir que no ha podido “ni con mucho”, aproximarse al humilde propósito que tenía cuando inició su obra.

LA PUBLICACION PENDIENTE

Pese a todo el Catálogo Monumental de la Provincia de Jaén es una obra vastísima y valiosísima, tal vez única. Romero de Torres decía en 1915 que una parte considerable de la riqueza artística y arqueológica de la provincia estaba “ya deteriorada y a veces casi perdida, por el abandono del tiempo y de los hombres”. En julio de 1936 muchas de las obras de arte que él fotografió desaparecieron para siempre. Como para siempre desaparecieron, a partir de la década de los sesenta y hasta hoy mismo, muchos de los edificios singulares que fotografió el cordobés. Son sus fotografías las que nos permiten tener la certeza de que esos bienes maltratados y destruidos formaron parte de nuestro patrimonio. Ese es tal vez el singular valor de la obra de Romero de Torres.

Ese valor potentísimo fue apreciado ya en 1925 por Alfredo Cazabán –principal valedor de Romero y de su trabajo–, que pide al poder público que se interese por la publicación del Catálogo Monumental. La respuesta, como era de esperar, es el silencio. No decae el empeño de Cazabán, y en 1926 intenta que Romero de Torres retome su labor y finalice el catálogo. Su propuesta volvió a caer en el saco roto en el que permanece aún hoy, cuando el Fondo Romero de Torres sigue siendo un gran desconocido para la inmensa mayoría de los ciudadanos jiennenses. ¿Cuándo, las autoridades provinciales, acometerán la empresa de publicar ese monumental Catálogo y sus ricas fotografías, reconociendo así el mérito grande del inconcluso trabajo de Romero de Torres, acercando a todos nosotros una parte esencial de nuestra historia y culminando el sueño de ese jiennense inabarcable que fue Cazabán Laguna?

(Manuel Madrid Delgado. Ideal, 31 enero 2010)

(Fotogafía: Fondo Romero de Torres. Busto de Dolorosa, de Pedro de Mena. Palacio de los Marqueses de Bussianos, de Úbeda. Destruída en julio de 1936)

miércoles, 23 de diciembre de 2009

TIEMPO DE TERNURA






Como no tenemos mejor manera de felicitarles la Navidad a todos los lectores de este blog y como a nosotros no nos avergüenza ni nos molesta hablar de Dios, ahí les dejamos unas bellísimas palabras de Juan Pasquau sobre estos días entrañables. FELIZ NAVIDAD.

El tiempo al fin y al cabo se compadece: es bueno. Avanza, pero da la ilusión de que regresa. “Regreso” es una palabra tranquilizante. Cualquiera, si no es un desarraigado, quiere volver, siempre, a algo. (“¿Volverás?”, preguntamos. Y sí; todo el mundo dice que volverá aunque no vuelva, aunque por piedad mienta. ¡Quién, al menos, no torna cada atardecer a su base tras la aventura o desventura diaria!)

El tiempo es irreversible, pero en vez de seguir la antipática línea recta se curva ciclos reparadores. Avanza, pero en espiral, intentando repetirse, imitándose. Por eso no hay días desconocidos, no hay amaneceres sin modelo. Lo original no abunda, porque la “novedad” no es nunca nueva. El sol de ayer es una copia anticipada del que iniciará mañana su carrera. Y, ¿qué son las estaciones sino el desagravio que el propio tiempo nos depara contra su propia andadura inexorable? Cada año, trescientas sesenta y cinco efemérides. Cada mañana, la seña de un quehacer y el santo de un recuerdo.

Así, es posible la esperanza. La esperanza frente al endurecimiento, frente a la mineralización de las cosas. Pensando en pesimista, este mundo –en el que entran las vidas de todos, las pasadas, las presentes y las futuras– da la sensación de un proceso de esclerosis. La edad (el mundo “está” cada día más joven, pero es mundo “es” cada día más viejo) está volviendo torpes los movimientos, ¡tan humanos!, de la ternura, del amor, de la comprensión diáfana. Ahora hay muchos “comprensivos” de gabinete, de laboratorio, afanados en cordialidades artificiosas, quizá porque se están secando las fuentes de la prístina bondad. Así se piensa en la hora pesimista, de la que Dios nos libre de caer en la tentación y, sin embargo, el tiempo nos devuelve periódicamente, precisamente en estos días, la ilusión de una ternura renovada. Es en la Navidad, fiesta que no pierde, a pesar de las ortopedias mundanizantes a que se la somete, su fina calidad de Mensaje.

Hace veinte siglos de aquella ternura de la Encarnación y el Nacimiento, de aquel empeño divino de iluminar por dentro al hombre. Si se persiste en seguir arguyendo en pesimista, habría que decir: “Señor, sin embargo, todo sigue aparentemente igual... El hombre se enamoró definitivamente de la tierra. Tú trajiste palabras demasiado limpias. El amor ha servido para nuestros discursos, para nuestra retórica, para nuestros convencionalismos: apenas para nuestras convicciones. No ha pasado de liviana asignatura de adorno. El hombre no cree en el amor, no lo ha estudiado de veras. Sobre todo, no se ha puesto a arar con el amor su propio corazón...”

Hace veinte siglos de aquella ternura. ¿Cederemos a la tentación escéptica? ¿Arrinconaremos a Dios como recuerdo?

No. No, porque esta vieja esclerosis, esta mineralización no es fatal; no es, como el tiempo, irreversible. No, porque Dios es Dios. ¿Por qué creer que la juventud ha muerto? En Roma acaba de promulgarse una nueva siembra.

Y, mirad, el tiempo tiene esto: cada año que se va nos lanza, antes de irse, un dardo de piedad; nos devuelve la consideración del misterio, como una invitación al regreso. He aquí nuestros días de ternura. Quizá una Navidad, no sabemos cuál, el mundo va a aceptar con voluntad firme su auténtico destino. No sabemos cuando, no sabemos cómo...

JUAN PASQUAU - ABC, 26 de diciembre de 1965

viernes, 18 de diciembre de 2009

PADRE INVIERNO




El “padre Invierno”. Lo simbolizan en un vetusto personaje de barba cana. Pero muy amable y con comprensiva sonrisa. Sin embargo, el invierno flagela. Diciembre castiga con vientos, heladas, lluvias, nieblas. Enero también. Febrero abre esperanzas azules entre sus nubes, pero es para que, luego, el chaparrón o el vendaval sea mayor, más intenso. Y marzo es terrible por sus coletazos... El invierno es bueno para los campos y malo para los pobres, se decía.

(...)

El Invierno es naturalmente Padre. Por eso no frivoliza jamás. Siempre enseña. El azul puro de enero es el más intenso de todos los azules. Y no hay Luna más limpia que la Luna de enero. Y ningunas mañanas exultan mejor que las radiantes de Navidad. Es, precisamente, porque antes, el Padre Invierno lava el Cielo y el Campo con la lluvia y lo purifica con los vientos y le trae escondida fertilidad y vida nueva bajo el mágico disfraz blanco de la nieve. La nieve –que no es “sudario”, sino manto germinal– trae además al suelo la ilusión de una inocencia perdida.

Y es que, a lo mejor, no está todo perdido. ¿Sigue el Invierno dando mazazos, y amorosamente flagelando, con sus “inclemencias”, precisamente para eso?

Hace frío. En el fondo el frío nos hace más felices, más íntimos, nos acerca más a nuestra condición. Es sano pasar frío. Siempre está luego el placer de calentarse. Lo menos natural es evitar de antemano y “a priori” el frío. Las calefacciones que quieren recibir nuestra incorporación a la vida cada mañana con un mimo, nos hacen, probablemente, no poco endebles de cuerpo y de espíritu. Mejor es flagelarnos cada amanecer con el agua fría. Pero una caricia termal, como la de la calefacción a todo gas, de entrada, nos asemeja a polluelos implumes. Es bueno el Padre Invierno que no quiere hijos mimados. Es bueno Dios que parece viejo, pero que vigila en las madrugadas gélidas, asomando su pureza entre el azul lejano de las crestas montañosas, o que ironiza –jugando a aparecer y esconderse– entre la hierba que rodea las torres de la ciudad.

Es bueno Dios que no se duerme y no se cansa de nosotros. Y, por eso, cada Diciembre nos trae con el frío, el regalo de su divinidad encarnada. Es lo que nos hace pensar que todo tiene todavía remedio.

El Padre Invierno, cariñosamente nos disciplina con su aparato de borrascas. En estos tiempos blandengues sabe castigar sabiamente, amorosamente, fértilmente. ¡Qué horrible sería una “eterna primavera”! Y qué cursi.

JUAN PASQUAU (Diario Jaén, 5 de diciembre de 1976)

miércoles, 16 de diciembre de 2009

ENTREVISTA A MUÑOZ MOLINA



La cita es en el Parador de Úbeda. Antonio Muñoz Molina ha accedido a atender a este periódico en su ciudad natal, haciendo un hueco entre sus muchos compromisos familiares y sus no menos compromisos literarios propios de la publicación de una nueva novela, 'La noche de los tiempos'.

Ha llegado antes que yo, y disfruta del sosiego que reina en el patio porticado del palacio renacentista acompañado de cuatro personas. Curiosamente todos beben tónica. Por no desentonar pido otra. Jesús Cárdenas, director del Parador, le pide que firme en el libro de visitas del establecimiento. Manuel Madrid, encargado de presentar el libro en el acto organizado en Úbeda, le informa de que parece que van a restaurar el maltrecho Palacio de los Orozco que sirvió al Académico de la Lengua de escenario para su novela 'Beatus Ille'. «Había empezado a escribir planteando la historia en otro lugar, pero visité el edificio y me gustó, por lo que rápidamente organicé la mudanza», contesta el autor con una de esas sonrisas que no suele lucir en público.

Ruina

Por otro lado, Ramón Beltrán, responsable del Archivo Municipal, le pone al día, con pelos y señales, de las más que cuestionadas obras en la iglesia de Santa María. «Qué barbaridad», responde un atento y ya no tan sonriente Muñoz Molina al conocer ciertos detalles. Y Andrea Pezzini, empresario turístico, le cuenta que han puesto en marcha una ruta literaria para visitantes basada en sus libros. «Mucha ruina», apostilla el escritor recordando lo poco que se parecen ya muchos de los espacios de Úbeda a los que inmortalizó en su Mágina.

Sin ir más lejos, el tranquilo barrio de San Lorenzo en el que nació y se crió, hoy es una caja de resonancia plagada de jóvenes y coches que han fijado allí uno de sus centros de ocio nocturno. El ilustre vecino tuvo ocasión de comprobarlo en verano estando en la casa de la familia. Casi no pudo pegar ojo: «había más ruido allí que en mi apartamento de Nueva York». Entre Úbeda y Mágina discurrió nuestra charla, pasando por 'La noche de los tiempos'.

-Entiendo que presentar este libro en Úbeda tiene más que ver con el cariño que con los réditos editoriales.

-Me lo ofrecieron los amigos de la Asociación Cultural Alfredo Cazabán y me pareció buena idea. Hay una cosa importante, aparte de la relación de cariño con la ciudad y con las personas, que es reivindicar el trabajo de la gente que hace cosas sin depender de la administración. En España hay demasiada presencia de la política en las cosas. Cuando me invitaron, la única condición que puse fue que no quería un acto de naturaleza política, no por nada, sólo porque creo que la sociedad civil también debe tener su soberanía, y no puede estar continuamente dependiendo de la política.

-Además, es usted profeta en su tierra.

-Siempre he sentido a la gente muy cálida conmigo, y eso es muy alentador. No tengo conflicto alguno con mi ciudad natal. Al revés, tengo una relación de cariño muy grande con mucha gente de varias generaciones. Algunos eran niños o no habían nacido cuando yo empecé a publicar. Y eso a mi me conforta mucho y me da mucha alegría; ese calor y esa generosidad de la gente.

-En su calidad de ubetense, ¿cómo ve Úbeda desde fuera?.

-Se ve como el resto de España. No ha habido mucho cuidado con el patrimonio. España es un país muy maltratado en su paisaje urbano. Y Úbeda es una víctima más.

Dueños

-Al respecto, hace poco publicaba usted un artículo que titulaba 'Desolación de volver'. ¿Es para tanto?.

-Sí. Tenemos que entender que nosotros no somos los dueños del mundo, somos depositarios. Cada generación es depositaria de una herencia que le ha sido legada por una anterior y que tiene que transmitir a la siguiente. Aparte de monumentos, palacios e iglesias, recibimos un legado singular, un paisaje, una estructura de ciudad, un patrimonio de arquitectura popular, y hay que preguntarse qué le vamos a dejar a los que vienen detrás. También porque después nos van a pedir cuentas. Y luego, es preciso considerar que el cuidado del patrimonio y del paisaje es profundamente práctico y rentable. Lo que no es rentable es destruir y hacer algo que está en todas partes. Cuando viajas por Europa, ves que ha habido un talento extraordinario para conservar lo mejor, para modernizarse plenamente sin destruir nada, y sabiendo aprovechar el capital tremendo que tiene la singularidad de un sitio.

-Es decir, que no le gusta mucho lo que ve.

-La gente no va a venir a Úbeda a ver una urbanización horrorosa. Y una ciudad no es sólo cuatro monumentos. Es muchas más cosas: el paisaje que se ve al llegar a ella, el diálogo entre el pasado y el presente. Y yo me temo que eso ya no es algo específico de Úbeda. Lo específico de Úbeda es el volumen de la riqueza que había y su grado de deterioro.

-En esta ocasión visita la ciudad para presentar su trabajo más ambicioso. ¿Cómo está funcionando?.

-Estoy vagamente al tanto. Uno no debe preocuparse más de la cuenta de esas cosas. Aunque en el caso de un libro como este te sientes responsable ante el esfuerzo que la editorial está haciendo. Los sentimientos son encontrados: por una parte no quieres preocuparte, pero por otra tienes que preocuparte.

-Tengo entendido que en la editorial están contentos.

-Sí, y por tanto, yo también lo estoy. Aunque creo que un libro literario tiene que durar en el tiempo. Por su propia naturaleza tiene que tardar en calar. A mi, si me das la opción entre el éxito comercial inmediato o el éxito a largo plazo, evidentemente me quedo con lo segundo. Ese es el verdadero desafío. Mi primera novela salió hace casi 24 años, pero nunca ha dejado de estar en las librerías, y eso es lo que más satisfacción me da, lo que creo que es lo propio de lo literario.

-¿Por qué eligió un arquitecto para protagoinizar esta novela y no un escritor?.

-Fue casi por casualidad. No quería que fuera un escritor. Yo quería hacer un retrato de una España de la cual hay información, sobre todo, acerca de escritores. Pero en esa España había mucha más gente trabajando, y trabajando estupendamente. La Generación del 27 son poetas, pero en esa misma época había excelentes arquitectos, científicos, médicos, debido a una explosión de renovación del país que estaba en todos los campos.

Opciones

-Al escribir utilizando como contexto la Guerra Civil, ¿pensó en quién contentaría y en quién no?.

-No puedes pensar en eso. Tienes que hacer aquello que crees que tienes que hacer, porque además no tienes muchas más opciones. En este caso he intentado reflejar una vida en un momento particular de la historia de España. Si para contentar a unos tienes que decir que los señores de una de las partes fueron intachables y para contentar a otros tienes que decir lo contrario, yo pienso que ese no es problema mío. Es el problema de personas que tres cuartos de siglo después necesitan situarse a un lado o a otro de la trinchera.

-Me da la sensación de que tampoco contentará a mucha gente de izquierdas.

-En la novela se comentan muchas barbaridades, cometidas en nombe de unas ideas o en nombre de otras, pero todas esas barbaridades están documentadas. Las fuentes morales de la novela son escritores vinculados a la izquierda, pero eso no implica ser indulgente con los crímenes cometidos en nombre de la izquierda.

-¿Cree que nos han contado la historia tal y como fue?.

-La historia está contada estupendamente, pero hay dos niveles distintos. Por un lado está el nivel de la investigación histórica y de los testimonios personales, y a otro nivel está la diatriba política de los últimos años. En el primer nivel, la historia está muy bien contada, y hay bastante acuerdo.

-Pues yo tengo un hermano de 22 años al que todo esto de la Guerra Civil le suena a poco menos que a chino.

-Eso es muy malo. Y quizá no se haya sabido contar, cuando es muy importante conocer la historia. El problema de no conocerla es que puedes ser fácilmente víctima de los manipuladores de la historia, que actúan continuamente desde la política.

-¿La Ley de Memoria Histórica pondrá cada cosa en su sitio?.

-Eso es muy complicado. Estaría bien que se estableciera un relato oficial de lo que ocurrió, hecho por historiadores, que contara las causas, el desarrollo y el resultado. Eso ya está en los libros de historia, pero no se ha oficializado. Y además hay actualmente una grave irresponsabilidad política al utilizar la historia como arma arrojadiza.

-¿Merece la pena remover fosas como pretenden hacer con la de Federico García Lorca?.

-También es muy complicado, porque intervienen distintas voluntades. Comprendo perfectamente la posición de la familia y comprendo que haya quienes quieran encontrar los restos de sus seres queridos. Pero creo que no se debe hacer. Algo ha estado profundamente equivocado para que se llegue a este punto, a esta disputa. Me parece de mal gusto.

-¿Piensa ya en su próximo proyecto?.

-No. Ahora busco un tiempo de tranquilidad. Escribir está muy bien, pero no escribir también.

-¿Volverá a escribir sobre Mágina?.

-Nunca se sabe, pero probablemente.

ALBERTO ROMÁN (Ideal, 12 diciembre 2009)

jueves, 8 de mayo de 2008

EXTRACTO DE UN ARTÍCULO DE JUAN PASQUAU



LA BIBLIOTECA, ÓRGANO DE CRECIMIENTO

(Premiado en concurso convocado en el B.O.E. de 10 de abril 1963,
con motivo de la Fiesta del Libro)

(…)

Otra cosa es el libro. La independencia del libro nos garantiza un escapismo. El único posible ahora... Su compañía, sigue siendo la mejor para pensar, para desprendernos de lo accidental en busca de lo esencial, para elevarnos de la anécdota a la categoría.

El libro no está regido por el ambiente; sorbe su sustancia, no de la circunstancia, sino de la entraña del autor. Y hay libros de todas las latitudes geográficas y de todas las latitudes del tiempo. Un libro es, siempre, un trozo de fervor insoluble, inatacable. Es ciencia, o historia, o literatura; pero, en cualquier caso, articula ideas y formula vivencias que permanecen, que no están sujetas a la versatilidad atmosférica. Son afirmaciones las suyas al margen del clima. Están ahí los libros, en los estantes, postulando en su quietud, creencias, verdades, pasiones que no devoran los siglos. Son tiendas para el refugio: habitáculos del alma que un día, rebelde, a su localización forzosa, quiere salir a pasear. Las páginas impresas, ¿no semejan continuadas avenidas para el lento deambular silencioso de la conciencia, parques acotados para el libre juego de la inteligencia, paisajes luminosos que asombran por su heterogénea riqueza, por su valiente orografía épica, lógica o lírica? Traen la voz olvidada de los muertos.

Todavía los libros son, gracias a Dios, insustituibles. Cuando se habla de elevar el nivel cultural de los pueblos y se postula en pro de su adelanto espiritual y material, hay que apelar a ellos como instrumentos de cultura, capaces de inyectar inquietud, sabiduría, sensibilidad. Su efecto estimulante es profundo. Diríase que otros instrumentos de cultura operan de una manera subcutánea; sólo el libro inocula vigor y trascendencia en las estructuras recónditas del alma.

(…) En el recinto de la biblioteca, los hombres aprenden su oficio de hombres porque ella es el taller que pule y afina idearios y normas, que otorga enseñanzas y regala al espíritu belleza. Nada de espectacular hay en la biblioteca donde todo es silencio y en la que los libros, sin reclamo, sin vocear la mercancía –por suerte no hay mercancías en la cultura– muestran modestamente su presencia. Es impresionante el silencio de la biblioteca y, sin embargo, ¡qué poblada está! Nunca estamos menos solos que cuando nos rodeamos de libros. El más insignificante (¿) volumen está presto para regalar su melodía a quien quiera percibirla. Maravillosa quietud y, no obstante, los libros no son muertos. Nada mas opuesto a un cementerio que la biblioteca. Cada libro, en su estante, aguarda con su caudal inmarcesible de palabras, ideas, juicios, relatos, sugerencias. Cada uno nos invita levemente, a ser su huésped durante unas horas. Todos brindan, graciosamente, remedios para algo... ¿Una botica", la biblioteca, para los males del hombre En ella se alinean soluciones de casi todas las preguntas; y todas las lacras sociales –la impiedad, la ignorancia, el embrutecimiento– pueden encontrar aquí su medicina. Y todos los venenos su triaca. (Claro está que cada libro reclama su lector, y que no todos los lectores están en condiciones de conocer el libro que necesitan. Pero ahí la misión de los bibliotecarios, verdaderos farmacopolas de la cultura).

Sobre todo, ¡que remedio la biblioteca en ciudades y pueblos, para este achaque de miopía que el ambiente –de que hablábamos al principio– nos induce! Vivimos entre las cuatro paredes de nuestras limitaciones sociales, profesionales, familiares, económicas; vivimos constreñidos, ligados a la circunstancia. ¿Qué pueden ver nuestros ojos en tan reducido ambiente?

El egoísmo –que es la miopía del espíritu– llegará indefectiblemente si no sabemos escapar, idealmente al menos, de nuestra situación. Yo no conozco medio mejor para la fuga que el libro, si no es el recurso religioso. Después del recinto del templo para el despliegue de nuestras ansias de eternidad, no hay lugar como el de la biblioteca: gimnasio que entrena y adiestra las facultades mentales. No puede mantenerse en forma a un pueblo que no sabe rezar y que desdeña el placer de leer.